• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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¿Dónde está la batuta?

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Decir que Venezuela es el reino de la incertidumbre es llover sobre mojado. Mientras las señales del entorno se hacen más contradictorias, pero también más acuciantes, la confusión se apodera de los cuadros dirigentes en quienes se ha confiado la dirección de la política. No se trata ahora de pedir una rectificación urgente de esas vacilaciones, porque no es fácil ni está al alcance de la mano, pero conviene llamar la atención sobre lo que puede significar.

El gobierno, acosado por una crisis que no es capaz de manejar, se mantiene en su inacción mientras sus opositores no descubren la clave de una conducta tan elocuente. No la han descubierto todavía, porque lo más complicado es encontrar cosas donde no las hay. Pero, ¿y si las hay?, ¿si la inacción no es otra cosa que una manera de actuar, fríamente calculada?

No es la primera vez que tratamos el tema en este espacio, pero la insistencia del régimen en mostrar su indiferencia ante la crisis que conmueve a la sociedad conduce a pensar en la existencia de un plan premeditado para buscar que no se haga nada en la otra orilla, o para evitar que se haga. La estrategia parece exitosa, si de veras se ha venido concretando, debido a que la MUD no ha sido capaz de ofrecer respuestas convincentes ante una situación que se hace cada vez más caótica.

Si la profundización de los problemas y la molestia de la sociedad son cada vez más crecientes, pero también inevitables, los líderes de la oposición deben tener el termómetro a la mano para medir el aumento de la temperatura y para tratar de atemperarla según su criterio de facultativos que no están debutando en diagnósticos de este tipo, para evitar que la calentura no se pase de la raya o, en el peor de los casos, para ver cómo le saca provecho a una situación límite y la controla en beneficio de su política.

Pero las señales de lo que está haciendo la oposición en este sentido no se van por ninguna parte debido a que apenas se han asomado, debido a que solo las pueden ver los ojos más entrenados en un tipo de observaciones que se ocupan de la pesca de gestos minúsculos y generalmente inadvertidos.

Los espectadores de lo que hace la MUD en sus cónclaves, entre los cuales nos incluimos nosotros, no vemos ningún movimiento de consistencia que pueda mover las aguas hacia las salidas que corresponden al caos y a la insatisfacción creados por el régimen.

Se llega así al insólito caso de la existencia de dos inacciones: la del oficialismo, quizá pensada con calma en sus salas situacionales; y la de la MUD, que aumenta las preocupaciones de sus seguidores en la medida en que se empeña en ocultarse, en no salir de la trastienda.

Estamos ante un problema realmente serio, debido a que las crisis no se solucionan solas, sino con la participación activa de quienes tienen la obligación de meterlas en cintura y, si es posible, de dominarlas cabalmente. Esos señores a quienes corresponde la tarea deben saber que hay un pueblo pendiente de lo que hagan, pero que no permanecerá en la contemplación por mucho tiempo.