• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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De armas tomar

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A uno de esos actos callejeros mediante los cuales Maduro intenta convencernos de que está en funciones ejecutivas y se llena la boca diciendo que ha emprendido una “quijotesca cruzada” contra los corruptos (que de cervantina tiene sólo el desvarío) y donde, por arte de magia, el comandante ido regresa de ultratumba para iluminarlo con su sabiduría, fueron convocados los “colectivos” de Caracas para que depusieran sus armas a cambio de ser incorporados a las milicias, ese contingente irregular creado como seguro de permanencia por quienes piensan que el poder es eterno y le pertenece a ellos en exclusividad.

El paréntesis que alude a Cervantes no es gratuito, pues el “diálogo bolivariano”, como se denominó el penoso acto que señalamos, tuvo la comicidad de aquella vela de armas en la que un ventero hizo caballero al Quijote; pero, que, por su sentido figurado y contenido simbólico, y en tanto crónica de un fracaso anunciado, parecía más bien una ceremonia de iniciación de niños excursionistas.

Fue, en realidad, un saludo a la bandera lo que el Gobierno anunció como una suerte de política de pacificación que implicaba la renuncia a las armas por parte de bandas delictivas afectas al régimen -tal vez equipadas con material bélico proveniente de las FAN- y su entrega a las autoridades, en este caso al presidente “mesmo”, para luego ser destruidas.

El acto que el máximo discípulo del corazón de la patria calificó como una acción contra la “cultura de la pólvora”, no pasó de ser una grotesca pantomima en la cual 97 colectivos paramilitares entregaron a sus “rojitos padrinos” revólveres de fabricación casera, chuzos, manoplas y escopetas obsoletas para un total de 100 instrumentos difíciles de catalogar como armamento.

En jerga delictiva se diría que fue entregado “un hierro” (arma) por cada colectivo. Una flaca manifestación de buena voluntad cuyo objetivo era tomarle la palabra a Maduro y lograr que esos grupos, que se dicen “defensores del proceso”, se incorporen al aparato armado oficial por el cual los revolucionarios apuestan para mantener su eterna hegemonía política.

El grueso de las armas, pertrechos y municiones en manos de esos grupos formados con la venia gubernamental para amedrentar y aterrorizar a quienes osen disentir del oficialismo quedó a buen resguardo en sus guaridas, a las cuales los cuerpos de seguridad, por temor y complicidad, no tienen acceso.

Y podríamos preguntarnos si tal farsa no fue sino otro montaje más de un gobierno experto en fraguar conspiraciones, atentados y toda suerte de situaciones que le permitan esconder sus fracasos y trasladar sus culpas a la oposición a sabiendas de que son suyas y del gobierno anterior, es decir del que se fue, cuya llama aviva a cada instante el sucesor porque, creyéndolo exitoso, trata de copiar su estilo de gerenciar, haciendo así más notorios sus errores y convirtiéndose en un régimen de armas tomar.