• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

Al instante

El apóstol pródigo

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

La tradición de la Iglesia Católica, iniciada desde la antigüedad, nos ha presentado a los miembros de la jerarquía, especialmente a los obispos, como sucesores de los apóstoles. Son, de acuerdo con una enseñanza remota y reiterada, los pastores que continúan con su ejemplo el camino trazado por Cristo. Todos sabemos cómo eran los hombres escogidos por Jesús para la divulgación de una nueva fe: gente pobre, gente común, pescadores andrajosos, personas sencillas a quienes no adornaba ninguna gala, ni siquiera la de la lengua que necesitaban para divulgar las nuevas de un maestro que se había fijado en ellos por algo que les vio, por unas cualidades que solo él fue capaz de apreciar y que no se relacionaban con la posesión de bienes materiales.

Así se deduce de los evangelios a los cuales nos hemos acercado alguna vez. Pero también nos hemos acercado a la historia de la negación del modelo propuesto en el Nuevo Testamento. El ejemplo de modestia y aún de pobreza extrema encarnado en Jesús y en sus primeros seguidores fue negado por la Iglesia establecida en el futuro, cuando formó parte y fue sostén del poder temporal.

Contra esa mudanza de la humildad a la exagerada abundancia se levantaron infinidad de voces en el seno de la institución, entre ellas la de un muchacho de Asís que se alejó con ruido de las pompas mundanales; pero también el énfasis de un modesto fraile cuya indignación condujo al establecimiento de las confesiones protestantes. Igualmente la propia institución criticada por sus arcas de oro y sus lugares opulentos. Por eso llevó a cabo la Contrarreforma.

La corriente de austeridad vuelve por sus fueros en el pontificado de Francisco, cuyo nombre remite a la templanza del poverello. Francisco viene insistiendo en esa orientación con muestras específicas a través de las cuales manifiesta una voluntad de corregir un rumbo que en ocasiones ha conducido a sonoros escándalos.

Acaba de confirmar tal voluntad al ordenar la corrección de los abusos del obispo de Limburgo, Franz-Peter Tebartz van Elst, quien vivía como un potentado en su palacio y quería que lo vieran los fieles viviendo como tal en franca negación de las virtudes que deben distinguir su apostolado. El apóstol pródigo de la actualidad había gastado una cantidad cercana a los 31 millones de euros en el adorno de su residencia, y se daba gustos propios del jet set. La noticia de los abusos llegó hasta los oídos de una autoridad, seguramente indeseable para él, que prefiere que la conducta de los jerarcas de su iglesia se parezca de veras a la de los apóstoles del tiempo fundacional.

Francisco ha mostrado, primero a través de las maneras de desenvolverse ante las ceremonias de la corte vaticana y después mediante el ataque puntual de numerosos vicios, su voluntad de cambiar el rumbo de la Iglesia.

Apenas se ha pronunciado sobre asuntos aparentemente aislados, sobre temas espinosos que debe remediar cuando se presentan, pero lo que ha hecho hasta ahora permite suponer que no se limitará a los paños calientes.

La suspensión del prelado superfluo de Limburgo es una señal que así lo indica.