• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Sin apagar la luz

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Cada vez más, nuestros pueblos y ciudades parecen escenarios de películas posapocalípticas: calles y carreteras polvorientas, agrietadas que desde hace tiempo esperan ser asfaltadas, casas y edificios a oscuras por falta de electricidad y gente, abrasada por el sol, haciendo largas colas para procurase algo de comida, jabón, papel higiénico y, sobre todo, agua, especialmente en Caracas.

La escasez de agua, a causa de la imprevisión oficial que no planifica en función de las temporadas de sequía y de lluvias, es la carencia que golpea con mayor fuerza a la población. La situación parece un calco de la crisis que, por falta de agua, estremeció a la capital en 1959, a tal punto que, para aquel entonces, un desconocido, pero feliz e indocumentado reportero de nombre Gabriel García Márquez, escribió con ácida ironía y una adecuada dosis de humor un antecedente de lo que habría de llamarse “nuevo periodismo”.

Bajo el título “Caracas sin agua”, relataba las peripecias de Samuel Burkart, un ingeniero alemán, habitante de un penthouse en San Bernardino, quien - tras larga espera y a falta de agua minera - “compró una botella de limonada para afeitarse. Sólo que cuando fue a hacerlo descubrió que la limonada corta el jabón y no produce espuma. De manera que, en estado de emergencia, se afeitó con jugo de duraznos”.

En aquel tiempo, el creador de Macondo describía cómo largas hileras de automóviles esperaban ser atendidos en las estaciones de servicio donde, suponían los conductores, si llenaban el tanque de combustible tal vez les suministrarían agua para el radiador; pero no había y, en consecuencia, montones de carros recalentados entorpecían el tránsito en las principales arterias de la ciudad.

Hoy, 55 años después, la caótica situación descrita magistralmente por el colombiano se repite exponencialmente magnificada en una ciudad que ha multiplicado por 10 su número de habitantes, cuya vialidad es insuficiente y cuyos servicios públicos distan una enormidad de ser medianamente eficientes.

Más de cinco décadas después del drama de Burkart, Caracas y Venezuela entera han colapsado y “no hay” son las dos palabras que más se escuchan en cualquier conversación. No hay luz. No hay agua. No hay leche. No hay café. No hay azúcar. No hay harina. No hay arroz. No hay huevos. No hay pollo. No hay detergente, ni suavizante ni desinfectante. No hay lavaplatos, ni esponjas ni guantes. Escasean las pastas y los pocos enlatados que se consiguen han alcanzado precios impagables.

No hay papel de ningún tipo, ni para imprimir, envolver o asearse, y los pesimistas dicen que se agotará también el papel moneda. No se consiguen hojuelas de maíz. No hay shampú ni jabón de baño; tampoco desodorante. Cada vez hay menos ropa y calzado en las tiendas. Los teléfonos funcionan a veces e Internet está siendo intervenida. Y, lo que es el colmo de los colmos, nos quedamos sin gasolina y las bombas están cerradas o abarrotadas.

Padecemos una economía de guerra y no una guerra económica como pretende Maduro; una economía caracterizada por el desabastecimiento crónico y la escasez consuetudinaria como resultado de los esfuerzos bolivarianos para acabar con el mercado, con la libre empresa y con el único modo de producción eficaz que la humanidad haya conocido desde sus albores hasta nuestros días, el capitalismo; el colapso ha sido, pues, inevitable; y, mientras los agentes del castrochavismo proclaman su derrumbe para abrirnos las puertas del paraíso, el país sigue hundiéndose, vaciándose de a poco; eso sí, con la certeza de que el último en abandonarlo, sin bañarse y sin comer, no apagará la luz… no será necesario.