• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La antigua Rotunda

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En la memoria de los venezolanos han quedado grabadas las imágenes de La Rotunda, la célebre prisión en cuyas celdas se amontonaron los venezolanos desde los tiempos de Guzmán Blanco y sufrieron pavorosos  tormentos durante la tiranía del general Juan Vicente Gómez. La pluma de José Rafael Pocaterra, autor de Memorias de un venezolano de la decadencia, dejó para la posteridad  las escenas del terror sufrido en sus ergástulas.

El presidente Eleazar López Contreras, luego de la muerte del general Gómez ordenó la demolición del lugar, como manifestación del deseo de evitar que en el futuro se repitieran las experiencias vividas en su interior. Se pensó que en adelante jamás se volvería a la ignominia que una prisión como esa significaba, pero en nuestros días La Rotunda es sólo un remedo, un boceto, un asomo de la abyección que hoy caracteriza el sistema penal.

En la vieja Rotunda la violencia era ejercida por los carceleros, especialmente contra los presos políticos, pero en las penitenciarías de hoy la brutalidad forma parte del ambiente y es protagonizada por los cautivos en connivencia con las autoridades bolivarianas.

En La Rotunda sólo se cebaban los chácharos con un número de víctimas escogidas de antemano por el régimen, pero ahora se enfrentan situaciones de naturaleza general de las cuales no escapa nadie, sin que los sacrificados en sangrienta ordalía sepan a ciencia cierta el motivo de su sacrificio.

En La Rotunda las armas eran monopolizadas por los guardianes, pero en nuestros días están en las manos de pandillas que no sólo las usan para marcar el terreno que supuestamente les pertenece, sino también para manejar la cárcel a su antojo y para dirigir la comisión de delitos que suceden en su exterior. Antes apenas se manejaban utensilios rudimentarios para causar el miedo en las prisiones, o para defenderse a duras penas, pero hoy los reclusos exhiben armamentos como los de los ejércitos nacionales que se preparan para una invasión foránea.

No es una situación reciente, por supuesto. Se comenzó a gestar en la segunda mitad del siglo XX y no dejó de preocupar a los observadores y a los estudiosos de la situación, pero en la última década ha cultivado una atmósfera de envilecimiento que clama al cielo.

Debido a la incuria del gobierno bolivariano, los  horrores de las prisiones de la actualidad no admiten analogía. Por la inexistencia de proyectos dignos de tal nombre para la superación del problema, los que fueron encierros terroríficos parecen lugares apacibles.

Gracias a la incapacidad de los miembros del gabinete, que han debido ocuparse de una urgencia de tanta magnitud, pero especialmente por la evidente inhabilidad de la ignorante ministra que hoy está a la cabeza de ese ministerio, cargo para el cual la designó el occiso, la cárcel de La Rotunda parece un amable hospedaje, un lugar apacible y hasta un infierno tolerable.