• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Los antecedentes

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Nicolás Maduro tuvo una gran responsabilidad como canciller de la República. Seis años al frente de la Casa Amarilla no es cualquier cosa. Sin embargo, dejó poca huella intelectual para la diplomacia mundial  y para los diplomáticos de futuras generaciones.

Sólo hay que pasar revista a la lista de muchos de nuestros cancilleres de las últimas décadas para encontrar coherencia entre el pensamiento y el ejercicio de las relaciones internacionales. Simón Alberto Consalvi fue buen ejemplo de un hombre que dignamente defendió los intereses del país por encima de los intereses de su partido.

La diplomacia mundial tiene muy poco que recordar de la gestión de Maduro, a menos que no sea su fidelidad como eco de su jefe y caja de resonancia de la diplomacia cubana. Actuó como un activista de la causa del Presidente fallecido y pocas veces como diplomático.

Maduro destruyó como institución la Cancillería que le correspondió conducir y, como muestra de su capacidad de violentar e irrespetar, desarrolló una política de apartheid de los cuadros profesionales. Toda una componenda ideada en La Habana que concluía que la revolución no podía confiar en funcionarios de  carrera, especialmente en aquellos que ingresaron antes de la llegada de la revolución, independientemente de sus signos ideológicos, dentro de los que se encontraban militantes de izquierda.

Maduro prefirió trabajar con allegados y autocalificados revolucionarios, que se encargaron de ejecutar una política de desmantelamiento institucional y por ello dieron al traste con temas fundamentales del quehacer diplomático venezolano. Despreciaron la diplomacia de Estado por una de partido. Actuó siempre como militante del PSUV y no como jefe de la diplomacia de toda una nación.

Maduro demostró poco interés por los hombres y mujeres de la Cancillería. Su arrogancia es recordada hasta por el propio sindicato de funcionarios dirigido por chavistas, a quienes nunca escuchó en violación del contrato colectivo. Quien aspira  hoy a conducir los destinos del país desarrolló una política de discriminación de cientos de funcionarios de carrera, muchos de los cuales militaban en las filas de revolución.

Los cuadros profesionales que se habían desarrollado por décadas, y que habían hecho del servicio exterior venezolano un cuerpo respetado en el mundo, fueron desmantelados. Contrariamente actúan gobiernos amigos, como Brasil, Ecuador y Argentina. Esos países sí respetan sus cuadros profesionales y han mantenido sus cancillerías como instituciones de Estado.

Muchos funcionarios activos denominados “firmantes” se tienen que someter a la humillación de asistir a la Cancillería a firmar una nómina, pero les han quitado su derecho al trabajo porque la política de personal decidió excluir a todo aquel cuyo ingreso al servicio exterior se hizo por la vía profesional.