• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Por amor a los niños

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Seis muertos fue el lamentable saldo de un fatal accidente que se produjo en Valencia cuando el chofer de una camioneta, utilizada indebidamente como transporte escolar, perdió el control e impactó contra un poste. Una noticia lamentable que podría pasar inadvertida entre el cúmulo de anuncios sobre tragedias similares que se producen en el país.

Pero resulta que de los 6 fallecidos, 5 eran escolares (el otro fue el conductor) y ello añade dolor a un incidente que afectó no sólo a la comunidad educativa carabobeña sino a la colectividad toda que se pregunta cómo es posible que se sucedan tragedias semejantes y las autoridades correspondientes, más allá del ritual que convoca al ministerio público para avocarse a un investigación, no disponga de mecanismos de supervisión que minimicen el riesgo de que se repitan.

Una primera cuestión salta a la vista al leer los pormenores del episodio: la camioneta no estaba debidamente autorizada por los ministerios de Educación y de Transporte. Y no hay que ser muy perspicaz para caer en cuenta de que, como ella, hay en el país cientos, si no miles, que prestan un servicio que se ha visto constreñido por el déficit de unidades apropiadas, generado por los controles que impiden su adquisición, actualización y mantenimiento.

Siendo la educación actividad prioritaria e indispensable para un proyecto de nación, debemos suponer que las tareas que se relacionan con ella deben ser atendidas con providencias excepcionales que contribuyan a que las mismas se desarrollen con normalidad, pero no es así: en las numerosas chiveras y estacionamientos improvisados que estropean el paisaje urbano reposan los restos de autobuses amarillos que alguna vez se llenaron con la algarabía estudiantil. Ahora descansan silenciosamente en esos cementerios de autos porque no hay cómo ponerlos en marcha.

La raquítica oferta de locomoción obliga a padres y representantes a cargar con sus muchachos para llevarlos a clases en sus carros y en horas pico, lo cual se traduce en una agudización del tráfico con los consecuentes congestionamientos que afectan la calidad de vida del ciudadano.

En este desolador escenario hicieron su aparición emprendedores propietarios de camionetas que vieron en el problema la oportunidad de ganarse unos reales con regularidad, lo cual está muy bien; lo que está muy mal es que un régimen que se mete en todo, y desde hace 15 años no deja de asomar sus narices donde nadie lo ha llamado, brille por su ausencia en áreas que sí requieren su atención.

Un régimen que ama a los perros, a los gatos y demás mascotas, debería también amar a los niños. Por ello tendría, desde hace mucho tiempo, que haber tomado cartas en el asunto y regular los sistemas de transporte escolar para que no se repitan trágicas historias como la que acaba de suceder en Valencia con el sepelio de cinco infantes inocentes.