• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El abismo venezolano

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Las noticias sobre la caída en los precios del petróleo y la facilidad con la que el gobierno venezolano las despacha, porque por un lado niega efecto alguno y lo atribuye todo a una campaña desestabilizadora mientras por el otro dice contar con planes de contingencia, contrastan con los análisis expertos sobre la enorme vulnerabilidad de nuestra economía. No nos hace falta mucha ciencia para sentir los efectos de la sequía de divisas: la padecemos hace rato ya, más cada día, aun antes de que se asomara la baja en los precios del petróleo. Lo nuestro es más que una “enfermedad holandesa”, como se llama a la secuencia de aumento en el precio de materias primas seguida por crecimiento desmedido del gasto público sin que se haga la famosa “siembra” de crecimiento económico.

Por eso es llamativo que Evo Morales, recién reelegido, haya dedicado su triunfo a Fidel Castro y Hugo Chávez, dos líderes cuyos países son la negación de lo que para esa victoria fue fundamental: la cosecha de prosperidad. A ambas figuras les debe, sin duda, consejos sobre como alcanzar y controlar el poder político, dominar la Asamblea Constituyente, debilitar las opciones opositoras y mantener hasta el presente el discurso antiimperialista. Pero a partir de cierto momento otras voces le aconsejaron dar piso económico a su país, superar la compulsión nacionalizadora que comenzó con la industria de hidrocarburos y reducir la brecha con las regiones más boyantes de la “media luna”.

Bolivia cosecha hoy los efectos de un crecimiento económico sostenido que la coloca en primer lugar en Latinoamérica. Ha casi cuadruplicado sus ingresos por explotación de hidrocarburos lo que, en proporción semejante, se ha traducido en aumento de sus reservas internacionales como porcentaje del producto interno bruto; en esa misma medida en 2013 fue el mayor receptor regional de inversión extranjera directa. Un incremento también sostenido de inversiones públicas se correspondió con el del gasto social y la atención al desafío enorme de reducción de la pobreza y la desigualdad, al punto que va creciendo significativamente una capa de clase media que algunos estudios cifran en torno a 40%.

Para abonar el contraste, que se extiende visiblemente a las mediciones de transparencia, valga recordar que en los días de campaña Morales se jactó del alto nivel de las reservas internacionales bolivianas y comentó que algún gobierno cercano le había pedido prestado, pero él no había accedido. Y así andaremos por aquí que hasta suena verosímil que el gran prestamista se haya convertido ahora en solicitante de reciprocidad.

No es el caso aplaudir las prácticas antidemocráticas del gobierno boliviano, aunque se quedan cortas frente a las del nuestro, pero que de mantenerse terminarán socavándolo. Se trata más bien de poner la lupa sobre la pérdida de libertad y prosperidad con que Venezuela está pagando la terca imposición de un modelo demostradamente fallido.