• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El general línea blanca

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Se producen en pasmosa sucesión dos hechos noticiosos que, en principio, nada tienen que ver entre sí, pero que están paradójicamente relacionados: El primero es la sorpresiva medida de detención de aquel mayor general Hebert García Plaza que se ufanaba de ser amigo y compañero de caimaneras de Hugo Chávez y que, obedeciendo a Maduro, al frente de un contingente militar “invadió”, un mes antes de las elecciones de gobernadores y alcaldes, las instalaciones de la tienda Daka.

Sin orden judicial que justificara tal allanamiento, comenzó a repartir (a precios de remate y previo aviso la noche anterior a los militantes rojitos), la mercancía allí almacenada, dando inicio a una demagógica, populista y abusiva “electro domesticación del voto”. Ahora resulta que el héroe del Dakazo es imputado de “peculado doloso en la adquisición de tres ferris”.

El general de la línea blanca y los televisores pantalla plana no se encuentra en Venezuela y lo más seguro es que, por ahora, no regrese ni de vaina. Pero la orden de privativa de libertad en su contra puso al descubierto el otro yo de este alto oficial, que ya había sido recompensado con su designación como ministro de Transporte Acuático y Aéreo, primero, y director del Órgano Superior para la Defensa Popular de la Economía, después, y que alguna vez declaró que depuraría Cadivi y acabaría con las empresas de maletín.

En lugar de ello, parece haberse encompinchado con los contratistas encargados de adquirir embarcaciones para la estatal Conferry –que, para colmo, no están operativas– a fin de beneficiarse del manejo y repartición de dólares preferenciales.

Habría que esperar el avance de las investigaciones para tener una visión clara del presunto delito; sin embargo, ya se sabe que hubo una manipulación dolosa de las divisas que, según Maduro, son del pueblo y no de Fedecamaras. Se le olvidó a Nicolás que en Fedecamaras no hay generales.

Imaginamos que cuando Nicolás profirió la mezcla de consigna y amenaza dirigida, sin ningún género de dudas, a seguir distrayendo a la galería, se acordó de cuando vociferaba “¡Las calles son del pueblo, no de la policía!”, y pensó que se la estaba comiendo.

No sabía –y si lo sabía ladinamente lo ocultó– que Fedecamaras no es un ente que pueda solicitar y recibir dólares, porque no es una empresa, sino una entidad gremial: son sus afiliados, los empresarios, quienes tienen esa potestad de importar insumos para producir lo poco que se les permite. Pero Maduro generalizó, como siempre hacen él y sus camaradas a la hora de atribuir sus trampas y errores a los culpables habituales.

Como se ve, en el país de las maravillas rojas la burocracia parasitaria y sus milicos siempre encuentra caminos para descubrir que donde hay restricciones hay oportunidades de enriquecerse.

Pero en la nación de las angustias reales, a quienes pueden activar la producción se les niega hasta el agua. Ni las calles ni los dólares son del pueblo, son de los vivianes de costumbre.