• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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¡Vivan los pobres!

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Cada vez que uno de los treinta y tantos ministros que integran el séquito presidencial abre la boca, hay que coger palco. Y es que son tantos y tan seguidos los disparates proferidos entre los altos funcionarios rojitos que terminamos convencidos de que Maduro es una aberración, un error histórico que debe ser corregido si no queremos seguir marchando de espaldas al futuro, como pretende, entre otros, Héctor Rodríguez, el ministro del Poder Popular para la Educación.

Ignorando que Venezuela está comprometida con los objetivos de desarrollo del milenio promovidos por las Naciones Unidas (que incluyen reducir a la mitad la pobreza extrema y generar pleno empleo antes de 2015, es decir, el año que viene, y garantizar una educación de calidad), el ministro Rodríguez ha dejado claramente establecido que el gobierno no tiene la más mínima intención de promover la movilidad social ni tan siquiera un centímetro.

Rodríguez, que sólo de mirarle la vestimenta y el reloj que se gasta cualquiera se da cuenta de que se “ha sudado sus realitos” en este gobierno, se refirió a las políticas oficiales dirigidas a los menos favorecidos advirtiendo que Maduro “no va a sacar a la gente de la pobreza y llevarla a la clase media para que después aspiren a ser escuálidos”.

Es decir, según el nuevo evangelio de Maduro y su apóstol el ministro Rodríguez “pobre es pobre… y como pobre se mantendrá por el resto de los siglos, amén”. Que no lo escuche el capitán Diosdado porque ese sí que no cree en pobreza ni en pasar trabajo estirando el sueldo para que le alcance la quincena. Hasta en la cara redonda se le ve la prosperidad recién llegada.

Pero vale la pena detenerse en la cínica e irresponsable afirmación del ministro Rodríguez de que a este gobierno le interesa más mantener a la gente en la inopia que propiciar su superación. A lo mejor Maduro y sus ministros se miraron en el espejo brasileño y en el emergente imperialismo vecino.

El gobierno de Lula da Silva adelantó programas y medidas que impulsaron hacia la clase media a un importante contingente humano que vivía sumido en la penuria. Pero ¿cómo se le pone límites a la natural ambición humana de elevarse social y económicamente, y así vivir mejor? Claro está que Diosdado abusa, pero allá él.

Lo cierto es que resulta imposible encarcelar los sueños de los pobres, colocar vallas y obstáculos, y obligarlos a olvidar sus justas exigencias. Ello explica por qué miles de personas se volcaron a las calles de Río de Janeiro, Sao Paulo y otras ciudades reclamando educación y servicios en concordancia con su nueva posición en la pirámide socioeconómica.

Aunque es imposible, por ahora, que los venezolanos emparejen los niveles de bienestar alcanzados por Brasil, nuestras autoridades se anticipan a acontecimientos que no quieren que sucedan aquí.

Así como los viejos sindicalistas jamás pensaron en poner fin a la lucha de clases porque entonces no tendrían a qué aferrarse para subsistir, así los burócratas rojos calculan que sólo la miseria puede ser el caldo de cultivo donde germinen sus desquiciadas ideas, y el bozal de arepa de una clientela electoral que les garantice su permanencia en el poder.

Por eso no crean fuentes de trabajo productivo, sino misiones asistencialistas y caritativas que, en el fondo, humillan y envilecen a quienes se benefician de ellas. Por eso les importa un bledo la alarmante deserción escolar, como tampoco les inquieta el que se haya demostrado que su programa de alfabetización fue una estafa.

La ignorancia y la pobreza seguirán campeando en el país pues ellas son las bases de sustentación del régimen rojito que, de combatirlas con seriedad, estaría criando cuervos que, tarde o temprano, le sacarían los ojos.