• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Violencia en la ULA

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Solo una cosa se sabía con seguridad cuando comenzaron los disturbios en la ULA. Mientras los grupos de oposición pregonaban el triunfo de sus fórmulas electorales, lo único cierto que se vaticinaba era la aplastante derrota de los candidatos del oficialismo. Los comentarios a la salida de los centros de votaciones, algunas encuestas apresuradas y la cara larga de los perdedores, indicaban lo que se supo con certeza en breve: un descalabro aplastante de los jóvenes del PSUV. También pronosticaban, por desdicha, la violencia que en breve se desató.

Los perdedores, en efecto, para hacer valer su presencia, para que se supiera que aún existían con alguna influencia en el alma mater de los Andes, cambiaron la escasez de seguidores por la siembra del terror en el diseminado campus y en diversas localidades en las cuales funcionan las instalaciones universitarias.

Empuñando armas de fuego, montados en motos de pinta oficialista, penetraban a lo mero macho en los espacios que horas antes experimentaban la convivencia académica a través del voto. Los grupos oficialistas emplearon cobardemente la violencia física contra los profesores, los estudiantes y los empleados con quienes topaban; dispuestos a trasformar por las malas el resultado electoral, o a provocar su nulidad.

La zozobra destacó por su intensidad en el núcleo de Trujillo, en cuyos centros de votación quemaron las papeletas de los sufragios y parte de las actas y constancias del proceso. El rector, los decanos y los directores pidieron la intervención de las fuerzas del orden para que salvaguardaran sus vidas y protegieran los bienes de la institución, pero fue como hablarle a la pared.

Ni un policía se movió, ni un solo miembro de la GNB dio un paso fuera de su cuartel, pese a las reiteradas solicitudes que se hicieron desde la angustiada universidad. No se comentan ahora situaciones inesperadas, pues la ULA se ha visto antes conmovida por conmociones parecidas, provocadas también por agitadores y delincuentes afectos al oficialismo a quienes ha apoyado la pasividad de los gendarmes.

Sin embargo, los hechos remiten a especial alarma debido a la realización de elecciones parlamentarias que sucederán el año entrante. Si estamos apenas ante la reacción del oficialismo en unas elecciones que en teoría solo incumben a un instituto de educación superior y a una región del mapa, ¿qué harán el gobierno y sus seguidores ante la posibilidad de una derrota en la AN?, ¿no repetirán las terribles escenas que tienen en vilo a una comunidad de estudiantes y profesores que han pretendido ejercer un derecho que legítimamente les corresponde?

La violencia sufrida por la ULA importa en sí misma, pero también por lo que el gobierno desee comunicar con ella mirando hacia la renovación del parlamento. Los partidos políticos, el CNE y los votantes deben tener presente estos lamentables episodios. Ante la posibilidad de un descalabro como el de la ULA, el gobierno acudirá a métodos violentos si no nos ocupamos de evitarlo desde ahora.