• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Vinagreta a la cubana

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Producto de la chismografía tabernaria, cuando moldear al hombre nuevo era una idea debatida en bares y cafés cuya soledad anunciaba la muerte de lavida nocturna en La Habana, circulaba en 1960 una anécdota según la cual en las reuniones montadas por Fidel Castro para ver cómo demonios integraba un gabinete y administraba una nación, el máximo líder reveló que necesitaba a un economista para colocarlo a la cabeza del Banco Nacional de Cuba.

De inmediato, Ernesto Che Guevara, médico de profesión y aventurero de vocación, se habría postulado como el "yo mismo soy" para ocupar tal cargo.

El máximo jefe de la revolución aceptó la oferta, pero luego en privado le dijo al argentino: "No sabía que eras economista", a lo que el Che habría respondido: "Yo creía que habías dicho que necesitabas un comunista".

Sostenemos que es verosímil porque las dimensiones de la torta administrativa puesta por el guerrillero, que años después perdería la vida en Bolivia, aún repercute en la maltrecha economía cubana.

Durante los años en que el Che luchó en el Escambray y luego ocupó cargos relacionados con las finanzas, la industria y el comercio en Cuba (1959-1965) tuvo en Orlado Borrego (quien era contabilista) un fiel confidente, colaborador y amanuense.

Se le recuerda porque el Che Guevara lo llamaba Vinagreta, aludiendo quizá al amargado carácter de quien había actuado como fiscal (sin saber nada de leyes) en los juicios que, a raíz del derrocamiento de Batista, condujeron al paredón a decenas de prisioneros.

La revolución con sangre entra, dirían entonces los crédulos que hicieron de Fidel un redentor, como también, hasta hace muy poco, de Chávez. Se le tiene por guardián de la imagen de Ernesto Guevara y, de hecho, nunca fue bien visto por Fidel y mucho menos por Raúl, de quien siempre habló pestes.

Fue Borrego quien le presentó al Che a Tania, la joven que lo acompañó en Bolivia, quien al igual que el antiguo compañero de vida de la Bachelet, eran informantes de la Stassi, la temible policía de Alemania Oriental.

Borrego estudió luego Economía en la extinta Unión Soviética, pero ignoramos si su pensamiento y quehacer siguen estando impregnados de las ideas y creencias del hombre que firmó el papel moneda cubano con su apodo (Che), solo quizás para llamar la atención de los numismáticos.

Que se tenga que recurrir a los servicios de un personaje con semejante currículo y más viejo (78 años de edad) que Giordani, es de sí una descarada forma de subestimar a los profesionales del patio, lo cual tendría que ser motivo de repulsa en el seno del partido oficialista; pero, que se le acoja como a un gurú de la economía y la política y su presencia se anuncie con bombos y platillos como si fuese una estrella del rock es vergonzoso.

Y lo es porque esta gente que se dice patriota no ha hecho sino delegar espinosas decisiones de carácter estratégico en manos de quienes ni siquiera han sido capaces de enderezar a su propio país, en un proceso de desnacionalización de la administración pública sin precedentes y que hace de Venezuela una auténtica caricatura de nación libre y soberana.

El señor Borrego debe estar balando de contento al encontrarse convertido nada menos que en el artífice de la reestructuración del gobierno bolivariano y en el arquitecto del III Congreso del Partido Socialista Unido de Venezuela, entre otras cosas porque podrá agregar a su hoja de servicios una misión fundamental no para nosotros los venezolanos, sino para sus compatriotas, los cubanos, cuya intromisión en nuestros asuntos es, para ellos, cuestión de supervivencia.

Podemos imaginar a Raúl Castro palmeando a Vinagreta en el hombro y susurrar: "Prepara bien esa ensalada con bastante lechuga roja".