• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Viajeros discriminados

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La lista de las penurias venezolanas carece de límites. La más sosegada y objetiva revisión de las condiciones en las que vivimos resulta sobrecogedora. En el plano más inmediato y urgente, aquél que se refiere a los productos y bienes esenciales para la vida, alimentos y medicamentos, lo que priva es la escasez. Padres y madres viven sumergidos en la ansiedad de no saber si conseguirán o no las cosas que se necesitan para vivir. Las personas enfermas no solo se enfrentan a la escasez de medicamentos sino también al colapso de los servicios hospitalarios. La más importante política de salud del régimen consiste en reconocer, año tras año, el fracaso continuado de la gestión. Unos tras otros, los incompetentes se suceden: cambian los ministros cada cierto tiempo y el deterioro avanza. Los pacientes no solo deben cargar el peso de su padecimiento: cada venezolano debe echarse en las espaldas, una responsabilidad que no le corresponde: la del sistema de salud más ineficiente de América Latina, articulado bajo la nefasta asesoría de la dictadura de los hermanos Castro.

La revolución bolivariana es esto: enfermos de gravedad que deben esperar hasta un año para ingresar a un quirófano. Cuando por fin ingresan, lo más probable es que el lugar no cuente con los insumos necesarios pararealizar la operación en condiciones seguras. En el país de los más exorbitantes ingresos petroleros, los quirófanos son, en su escala, expresión de una economía depauperada. El desastre económico venezolano no es teórico: son realidades que cada día hacen más precaria la existencia de cada uno de nosotros.

La lista crece: no hay detergentes. Cuesta encontrar pañales y toallas sanitarias. No hay papel higiénico ni servilletas. No hay papel bond. No hay jabón de tocador, ni champú, ni toallas húmedas para uso de los bebés ni cremas para el cuidado de la piel. La semana pasada no se conseguía agua potable embotellada, salvo las de algunas marcas dudosas. Tampoco hay bienes para el hogar: no hay envases plásticos para guardar alimentos, no hay escobas, falta la mayoría de las herramientas. Lo que sí hay, cada vez más: comercios cerrados. O trabajadores parados sin hacer nada, porque no tienen nada que vender.

Esta precariedad se extiende a cada uno de los círculos concéntricos de nuestras vidas: no hay baterías para los vehículos, ni repuestos, ni posibilidad de adquirir vehículos, una vez que la industria automotriz se encuentra paralizada. La industria editorial venezolana cada vez produce menos y no hay importación de libros. No hay discos. No hay repuestos para lavadoras, secadoras, neveras, aparatos de aire acondicionado. Cuando se pregunta en lo que solían ser tiendas especializadas en electrodomésticos, por un congelador doméstico, por ejemplo, el expendedor sonríe. Pone en evidencia que preguntar en Venezuela por ciertos productos es cosa de candorosos o de quienes se niegan a aceptar la precariedad como forma de vida.

¿Podíamos acaso esperar que esta política que consiste en desvirtuar la vida cotidiana dejaría por fuera a los viajeros? Los hechos no requieren de largos ejercicios de interpretación: el Sicad I no los considera y el Sicad II coloca los viajes a una tasa tan alta, que solo pueden pagar las personas que disponen de un bolsillo grande. En una frase: la política gubernamental consiste en discriminar al viajero. Desanimarlo. Que se olvide de estudiar fuera del país o de hacer turismo. De un lado, asedian a las aerolíneas para que tiren la toalla y abandonen el país. De otro lado, toman medidas para que el precio de los boletos sea imposible. La revolución trabaja para aislar al país, al tiempo que incrementa el número de vuelos que van y vienen de La Habana.