• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Venganzas de la barbarie

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Las noticias que llenan las redes sociales sobre actos de retaliación, llevados a cabo por el oficialismo después de la derrota electoral, producen justificada alarma. No caben las dudas sobre su veracidad, debido a que no han sido desmentidas por los voceros del régimen. Los declarantes del gobierno no se han tomado la molestia de deslindarse de actos que solo deben provocar vergüenza.

Son detalles que remiten a los tiempos de las sociedades primitivas, ocurrencias que no solo mancillan el Estado de Derecho, sino también las normas de convivencia que la sociedad ha establecido después de una esforzada historia, pero los estamos presenciando después de la extraordinaria demostración de civilidad que el pueblo exhibió el 6-D.

En poblaciones del interior se han ocupado algunos funcionarios de sacar de las colas a los ciudadanos que votaron por la oposición porque no son dignos de la atención del régimen, porque son merecedores del escarnio que significa la negación de la posibilidad de mitigar el hambre provocada por los mismos sujetos que los expulsan de las filas de la miseria. Como en las comunidades pequeñas no resulta difícil saber la preferencia electoral de sus habitantes, la mano oscura de la autocracia se da a la tarea de execrar a quienes votaron por el cambio en la AN. Las migajas solo serán recibidas por los “patriotas”, es la orden que se viene ejecutando.

En las oficinas públicas suceden situaciones semejantes. En algunas de ellas se ha impedido la entrada de los burócratas que supuestamente sufragaron por la oposición, como si hubieran cometido un crimen de lesa patria. En las pantallas de las computadoras oficiales de otras se han divulgado amenazas mediante las que se anuncian penurias y castigos para los “malagradecidos”, como si se viviera en un latifundio del siglo XIX en el cual reinaba la voluntad de los propietarios que hacían lo que les venía en gana con los peones y con las bestias por el simple hecho de ser los dueños, y porque contaban con una séquito de caporales abyectos.

Hace poco, el gobernador de Aragua anunció que los diputados de la oposición recién electos serían recibidos por una “patota popular”, en aviso de la guerra que les declararán por el trabajo contrarrevolucionario que supuestamente harán en la cámara. Las turbas contra la legalidad, la violencia contra el republicanismo. Pero no estamos, por desdicha, ante conductas capaces de asombrarnos.

El presidente de la República dijo en cadena nacional que iba a revisar sus intenciones de construir más viviendas porque el pueblo lo había abandonado, es decir, porque el pueblo había votado por la oposición. La posibilidad de tener viviendas según los planes del Ejecutivo no dependerá, por lo tanto, de las necesidades de la sociedad debidamente estudiadas, sino de la voluntad de un mandón que se considera dueño de una extensión de terreno en la cual puede hacer lo que le indiquen las bajas pasiones que alimentan sus sentimientos de venganza.

El hecho de que proliferen estos testimonios de barbarie no solo alarma porque suceden en nuestros días, cuando no debían existir después de la experiencia democrática y civilizada que es patrimonio de la sociedad, sino especialmente porque sus protagonistas se ufanan de convertirlas en el arma de su permanencia en el poder. Los bárbaros se enorgullecen de la barbarie.