• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

Al instante

Tren del terror

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El Metro de Caracas comenzó a prestar servicio en 1983 y fue recibido con alborozo por la población capitalina, pues este sistema representaba lo que su eslogan prometía, una gran solución para la ciudad; por ello, los usuarios mostraron hacia él un agradecimiento que se expresó en el respeto con que trataron sus instalaciones y el civismo de su comportamiento dentro de los trenes y estaciones.

La obra fue construida y administrada bajo el liderazgo del ingeniero José González Lander, un gerente de la estirpe de profesionales que en empresas como la CVG demostraron que en democracia sí era posible planificar y edificar grandes obras de utilidad pública, como también lo era garantizar su mantenimiento, ampliación  y modernización. González era un hombre honesto, que manejaba un Volkswagen y no tenía chofer ni guardaespaldas como los burócratas depredadores de hoy.

Durante sus primeros años, el Metro funcionó con la regularidad y eficiencia que es de esperar de un servicio público, pero con la revolución chavista cambió la historia y lo que antes era un medio de transporte cómodo y seguro, cuya expansión estaba planificada para adecuarse a las necesidades de una población en crecimiento, se convirtió en un hacinado y peligroso antro. Pasó a ser una obra inconclusa en manos de empresas brasileñas, a las que se les adeuda hasta el modo de caminar.

Pero si las realizaciones pendientes preocupan, más inquietan la incertidumbre que implica descender a las estaciones o abordar sus trenes, pues tanto en aquellas como en estos acecha el crimen amparado en la impunidad que le garantizan la incompetencia del ministro del Interior, Justicia y Paz, Miguel Rodríguez Torres, que si no puede con el hampa por arriba es poco probable que pueda vérselas con la delincuencia por abajo, así como los excesivos remilgos de Haiman el Troudi, ministro de Transporte y, de ñapa, presidente de la C. A. Metro de Caracas (más pendiente de llevar el peinado a la última moda que de su trabajo), para quien resulta “morboso” hablar de lo delitos que se suceden a toda máquina en el subterráneo.

El subsuelo ha sido siempre refugio de alimañas; Alí Babá y sus 40 ladrones tenían su madriguera en una cueva; las cloacas y alcantarillas de las grandes urbes sirven de hogar a toda suerte de gente de mal vivir; por ello, quizá, el arte ha tenido por costumbre  ubicar el infierno en las entrañas de la tierra; allí, donde no llega el sol y reina la oscuridad, las solas tinieblas bastan para atemorizar a las ánimas.
Pero tal vez los artistas no puedan imaginar un castigo mayor para atormentar al simple mortal que el de abordar el Metro a la 6:00 de la mañana, y ser maltratado y vejado en ese territorio sin ley ni orden en que se ha trasformado lo que, hasta el advenimiento del chavismo, fue la joya del transporte de una Caracas que, lamentablemente, ha visto cómo su Metro se ha transformado en un auténtico tren del terror.