• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Traiciones bolivarianas
A mí no me importas tú

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El guayabo y el despecho son dos emociones inherentes al despotismo tropical. De ahí la profusión de rancheras y boleros que hacen hincapié en la ausencia del amado y el desengaño ante la infidelidad de quien es idolatrado sin medida.

Hoy, nuestro Tirano Banderas tal vez haya amanecido fraseando la canción de Roberto Roena y popularizada por Tito Rodríguez que dice así: “El que se fue no hace falta/ hace falta el que vendrá/ en el juego de la vida/ unos vienen/ y otros van” o, tal vez, al borde de un ataque de rabia se desahogue con el estribillo: “A mí no me importas tú ni diez miles como tú”.

En todo caso Maduro, que nunca ha ocultado la melancolía que en él desata el trino de los pájaros, tampoco ha sido capaz de acallar sus desconsuelos; y, si no fuese porque el ingeniero Jorge Giordani no es sólo el principal culpable de los desatinos y disparates que han caracterizado las políticas económicas que han hundido al país en un insondable y, al parecer, irremediable y crónico estado de crisis, podríamos tener cierta conmiseración hacia su persona, porque ahora, como buen chivo expiatorio, es señalado como único responsable del rotundo fracaso de la gestión castrochavista (y madurista, también).

“La deslealtad es traición” ha dicho Maduro en referencia al ex titular del área de planificación; otros altos voceros rojos lo equiparan con Luis Miquelena, lo cual no es sólo una falta de respeto al veterano político barinés, sino una sobrevaloración de la dimensión política del aventado funcionario que sigue jurando fidelidad al comandante eterno.

En sus disfuncionales observaciones, el máximo representante civil del régimen militar criticó a “compañeros que prefieren refugiarse en la retaguardia de la retaguardia y convertirse en los cronistas del fracaso”, volviéndose “favoritos de la derecha porque no entienden el corazón del pueblo”.

De modo que como Stalin, Mao y Fidel, también Maduro recurre a purgas, montajes y acusaciones temerarias para remendar el capote de sus fracasos, endilgándoles a otros sus falencias, errores y omisiones. Y mientras sus corifeos entonan el servil cántico que afirma que “así, así, así es que se gobierna”, el país se pregunta hasta dónde es capaz de llegar el cinismo oficial en su afán de escurrir el bulto para no enfrentar una realidad que se está comiendo vivo al gobierno.

Resollando por la herida, Maduro se lamenta y afirma: “Ha valido más el gran ego pequeño burgués y el orgullo que la humildad y un pueblo que merece que trabajemos por ellos”. Como siempre se apela al pueblo, una masa innominada a la que nunca se tuvo en cuenta, sino a título de banderazo, para el diseño de políticas que la ha sumido aún más en el olvido, aún más en la pobreza, aún más en la oscuridad.

Atrapado en el callejón sin salida de sus contradicciones, el Ejecutivo tiene en Giordani el blanco perfecto de los dardos con que apunta a desviar, una vez más, la atención pública de lo verdaderamente sustantivo: la incapacidad e ineficiencia de una gestión que para sostenerse en pie necesita crear falsos positivos, desvelar conjuras, desenmascarar traidores, encarcelar a inocentes e, incluso masacrar a quienes tengan el atrevimiento de hacer uso de sus prerrogativas constitucionales para expresar sus desencuentros con el socialismo bolivariano.

El caso Giordani es un nuevo episodio del truculento culebrón que, sobre la base de inauditas e increíbles situaciones y la aglomeración de mentiras a cuál más grotesca, han venido escribiendo los propagandistas a sueldo del gobierno, cuya función es mantener distraída a la opinión pública. Entretanto, se seguirá cantando: “En el juego de la vida /unos vienen y otros van /a mí no me importas tú /ni diez miles como tú”.