• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Tragedia y ridiculez

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Una de las escenas más dolorosas que describen los especialistas en tragedias aéreas es la de encontrarse en el lugar del accidente, en medio de la niebla y rodeado de un silencio que paraliza el alma, con los cuerpos de las víctimas y los artículos que usaban los pasajeros durante el viaje: computadores, libros abiertos, juguetes para niños, así como regalos para parientes y amigos.

El accidente del vuelo MH17, un Boeing 777, se suma al inmenso dolor causado recientemente por el misterioso caso del avión de Malaysia Airways en la ruta de Kuala Lumpur a Pekín, que no ha sido descifrado. Hoy los malasios comparten de nuevo su luto con más de un centenar de familias holandesas. Casi la mitad de los pasajeros eran de Holanda y fue en el aeropuerto de Schiphol, en Ámsterdam, desde donde partió el fatal vuelo.

Los expertos coinciden en que el avión fue derribado por un misil mientras sobrevolaba una de las zonas en conflicto en Ucrania, hoy bajo control de los separatistas prorrusos. Las investigaciones coinciden en que detrás de esta tragedia están estos grupos fascistas que, irresponsable y criminalmente, usan armamento sofisticado que les es provisto con la aprobación de esa “palomita de la paz” llamada Vladimir Putin, exagente de la tenebrosa KGB.

Ya en anteriores ocasiones los fascistas prorrusos han logrado derribar aviones y helicópteros de las fuerzas militares ucranianas y han causado inmensos daños a la población civil que se niega a caer otra vez en las garras de los rusos.
Basta recordar la política militar y policial que Stalin impuso a Ucrania, y cómo intentó luego de la II Guerra Mundial repoblarla con ciudadanos de origen ruso que, por razones obvias, gozaban de un estatus superior a los ucranianos. La enseñanza de la lengua rusa se convirtió en obligatoria y las ancestrales celebraciones ucranianas fueron arrinconadas o borradas. Lo mismo ocurrió en las repúblicas bálticas Estonia, Lituania y Letonia.

Lo que sí genera estupor cuando analizamos la tragedia y muerte de casi trescientas personas cuya única culpa fue la de haber elegido la línea bandera de Malasia para dirigirse a Kuala Lumpur, es la actitud del gobierno de Venezuela que, sin manejar información privilegiada y sin conocimiento profundo del hecho, alegremente acusa a Estados Unidos y la OTAN de ser los responsables de esa tragedia aérea.

La idiotez de nuestra Cancillería no tiene límite. En su típica actitud de tirar la piedra y esconder la mano, afirma en un comunicado que lo ocurrido es consecuencia de la “injerencia” de Estados Unidos y sus aliados de la OTAN. Pocas horas antes, Fidel Castro había afirmado lo mismo, ¡qué casualidad! Desde hace más de una década, la Cancillería es el perrito faldero de Fidel, no ladran pero se les caen los pantalones cuando Cuba habla.

Resulta difícil entender esta actitud tan servil en el manejo de las relaciones exteriores. Por una parte, están desesperados por mejorar las relaciones con Estados Unidos, su principal socio comercial y su mayor proveedor de dólares y, por la otra, se lanzan con elucubraciones  temerarias de esta naturaleza que ni siquiera a un recién egresado de las  escuelas de Relaciones Internacionales se le ocurriría escribir.

Esta reacción tan rastrera no puede tener otra explicación que la de congratularse con el señor Putin, quien ha sido el principal vendedor de cohetes tierra-aire a Venezuela, idénticos a los que usaron los fascistas prorrusos de Ucrania.

Ojalá el tema del armamentismo inútil esté en la agenda del Congreso del PSUV y que algunos de los delegados de la corriente anticorrupción pidan explicaciones sobre los multimillonarios contratos en la adquisición de “chatarra” militar del muy poco socialista amigo de Moscú.