• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Trabajador sin trabajo

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Nunca el trabajador había recibido tantos golpes. Una tras otra, el gobierno va lanzando cachetadas sin cesar a la cara del venezolano que hasta hace poco se ganaba la vida con el sudor de su frente. Ayer, la celebración fue recorrida por el fantasma del hambre y el demonio del miedo. No hay trabajador que se sienta motivado, ni los del sector público y mucho menos los del sector privado, porque su esfuerzo vale prácticamente nada.

El presidente decretó un aumento del sueldo mínimo, que pasará de insignificante a paupérrimo. Debe ser que nadie le ha contado las últimas cifras reportadas por el Cendas: en marzo la canasta básica (alimentos más servicios y vivienda) era de 203.943,95 bolívares, un poco más de 15% de aumento con respecto a febrero. Se necesitaban entonces 17 salarios mínimos para cubrirla. Y la situación no ha cambiado para nada.

Pero más allá de las consideraciones económicas, el maltrato a la clase trabajadora es diario y constante. No hay estímulo si por trabajar no recibe a cambio una suma que medianamente cubra las necesidades de su familia. Pero tampoco tiene vida, porque está a merced del hampa, que ya no hace distingos y roba por igual a pobres y a ricos. Encima, tampoco tiene luz ni agua en su casa y de paso, si trabaja para la administración pública, lo tratan como reposero, como si eso solucionara la crisis de los servicios.

El venezolano siempre ha sido trabajador, y prueba de ello es que se levanta de madrugada cada mañana y sale de su casa con la convicción de que su labor le rendirá frutos a él y a su país. Pero en el régimen rojito eso se premia solamente con tiempo libre que no puede dedicar al esparcimiento y la recreación porque no tiene con qué. En lo único que el trabajador invierte la jornada sin trabajo es en hacer colas bajo el inclemente sol y la torrencial lluvia. El gobierno quiere verlo mendingando una bolsa de comida, sin la dignidad y sin el orgullo del trabajo realizado.

Las conmemoraciones del Día del Trabajador siempre fueron usadas por las organizaciones sindicales para exigir reivindicaciones, y en gobiernos democráticos eso tenía efecto. La fuerza laboral era respetada porque la consideraban, con toda razón, como el verdadero motor del país. Ahora es diferente, el trabajador en la era rojita es tratado con tanto desprecio que lo que hacen es pasarle asistencia a las marchas y repartirle un pan y una botella.

Ningún trabajador, sin importar su nivel de profesionalización, puede sentirse satisfecho, pues el poder de compra del bolívar rojito está por los suelos. El Estado es el mayor empleador del país, y a pesar de que el presidente se llena la boca recordando que fue obrero, la verdad es que les debe a sus compatriotas del sector público más de 600 contratos colectivos.

Lo que en realidad pareciera es que el mandatario quiere que todos sean a su imagen y semejanza: cobrar sin trabajar, mientras se ampara en un reposo, como él lo hizo. Pero sépalo, señor presidente, el venezolano, a diferencia de usted, no es así, y quiere ganarse la vida dignamente con el sudor de su frente.