• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El Tirano y la harina Pan

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La historia se toma su tiempo. Cobra venganzas poco a poco y disfruta a sus anchas el menú frío que ha mantenido durante siglos en el congelador. El Padre Tiempo se sienta a esperar, se peina las canas sin prisas y, por fin, seguro de que el calendario jamás le fallará, se pone a manducar. O a celebrar un ayuno pendiente y programado con suficiente anticipación, porque sus planes no solo consisten en llenarse la barriga sino también en evitar que los mortales se alimenten.

En los lejanos tiempos de la conquista, un famoso personaje vestido de coraza y protegido por larga espada, se disgustó con los venezolanos y se dedicó a hacerles guerra. Era Lope de Aguirre, el famoso Tirano Aguirre, cuyas dificultades para hacerse del poder que pretendía lo llevaron a maldecir a los nativos de entonces y anunciarles terribles reprimendas. Impresionado por lo que consideraba como un atentado contra las amenidades y los refinamientos de la gastronomía, consideró que unas personas que se dedicaban de preferencia a consumir arepas no parecían gente, ni podían considerarse como súbditos del rey de España.

El Tirano veía con desconfianza a esos extraños indígenas que se ocupaban de cultivar maíz para después convertirlo en rústicos panes que ocupaban el centro de su mesa. No creo que puedan pensar con cristiana inteligencia después de tragarse esas porquerías, decía a quien lo quisiera escuchar, ni que merezcan la confianza de la gente civilizada. Hasta se atrevió a sugerir a los frailes que incluyeran en su catequesis la prohibición de ese mazacote propio de animales, como posibilidad de que pudieran salvar el alma a la hora del juicio final. Los evangelizadores no atendieron la sugerencia, no solo porque les pareció estrambótica sino especialmente porque se aficionaron a comer arepa.

Si el Tirano Aguirre murió confiado en que la historia llevaría a cabo su cruzada, puede ahora descansar en paz. Pasó la conquista, pasó la Independencia, pasó la Guerra Federal, pasaron muchos otros episodios históricos sin que nadie se ocupara de cumplir su pendiente testamento, pero por fin la providencia se detuvo en sus ruegos. El Padre Tiempo no había olvidado el clamor del más aguerrido de los marañones, del coracero que quiso retar al propio rey de España, y quiso complacerlo valiéndose del auxilio de un flamante conquistador de nuestros días que se ha dado a la tarea de cambiar el menú de sus vasallos. Nicolás, es tu turno, dijo el Padre Tiempo, acaba de una vez con los come arepa que tanto atormentaron a don Lope.

Así como oye la voz de ciertos pajarillos del contorno, el conquistador Nicolás tiene la facultad de comunicarse con el Padre Tiempo. No solo porque se le ha concedido ese portentoso don, sino también porque a veces los mensajes del más allá coinciden con los planes que tiene para el más acá. Dado que se ha puesto la tarea de cambiar las costumbres alimenticias de los venezolanos porque las considera demasiado dispendiosas y excesivamente capitalistas, el destino puso en su conocimiento la rabia de Aguirre contra los come arepa y la convirtió en revolucionaria rabia propia. Y, después de mucho cavilar, después de consultas con los teólogos de confianza, encontró el camino para homenaje de la memoria de don Lope: la guerra contra la harina precocida, elemento primordial para la elaboración de esa alimento tan despreciado por el ilustrado antecesor. Si los vasallos sienten incomodidad ante el retorno de la cruzada, tendrá una maravillosa excusa que en nada extrañará a los comedores de arepa que se han acostumbrado a insólitas explicaciones: fue una orden de ultratumba, enviada por el Padre Tiempo.