• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Tiempo perdido

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Los expertos no se cansan de repetirlo: las horas perdidas del calendario escolar tienen numerosas consecuencias. El asunto no se limita a la disminución de la cantidad de los contenidos que los alumnos reciben en las aulas. El impacto es más profundo y duradero. La irregularidad en los horarios desarticula el vínculo de los estudiantes con la experiencia de aprender y con la necesidad de conocimientos. Se introduce en las escuelas, de forma perniciosa, una atmósfera que diluye la comprensión del beneficio de ser parte de un aula. Está en expansión la idea, desde hace una década, de que muchas cosas distintas justifican la suspensión de clases. A lo anterior deben añadirse los niveles de ausentismo de los docentes, las pausas y cancelación de actividades ocasionadas por fallas del suministro eléctrico, el robo y vandalismo que bandas de delincuentes ejecutan contra los planteles con plena impunidad, las horas y hasta los días perdidos a causa del cierre de las vías por protestas, y mucho más.

El tiempo perdido al que se refiere este editorial tiene una significación más. Se refiere a los últimos doce o trece años, en que se ha puesto en marcha un programa cuyo resultado, a fin de cuentas, no es otro que la pérdida del sentido de la educación y del papel que el Estado debe cumplir a favor de la exigencia educativa.

Un régimen que promueve el aplanamiento de la complejidad, y que estimula contenidos que dividen el mundo entre buenos y malos, entre víctimas y victimarios; un régimen que distribuye cargos que deberían estar en manos de docentes especialistas para entregarlos a personas leales que carecen de las competencias básicas para cumplir con las tareas que les corresponden; un régimen que concibe las aulas como una pequeña masa lista para ser adoctrinada; un régimen que desconoce las necesidades básicas de dotación para hacer posible la dialéctica invaluable de enseñar y aprender; un régimen al que no le ha importado destruir los parámetros mínimos que aseguren la calidad de la educación que se imparte y que, por el contrario, ha usado el argumento de la inclusión para socavar la calidad de todo el sistema educativo, de la educación básica a la universitaria; un régimen que en medio de la más estruendosa demagogia ha permitido que el Programa de Alimentación Escolar sea, más que un plan de beneficios para los alumnos, una jugosa fuente de enriquecimiento de funcionarios y amigos del partido rojo.

Los ciudadanos sensibles del país, que por fortuna todavía son innumerables, se espantarían si se percatasen del lento derrumbamiento de la calidad de la educación venezolana. Es, por encima de todo, una realidad dolorosa. Constatación del desprecio del régimen hacia la comunidad educativa nacional. Hay un trasfondo en todo esto: se llama odio al saber, porque el saber siempre proclama un sentido de autonomía y diversidad. Y es por eso que el factor del calendario escolar es emblemático: porque los días y semanas que se pierden anualmente, son la parte más visible de un hecho todavía más terrible para Venezuela: más de una década perdida, cuyas víctimas son millones de estudiantes y docentes de todo el país.