• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Sueños, colas y pesadillas

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¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Con esta rara, rarísima pregunta tituló el escritor estadounidense Phillip K. Dick un relato que sirvió en parte de inspiración a una película de culto tenida por magistral, Blade Runner (Ridley Scortt, 1982), tan dura de etiquetar – ¿distopía, ficción posapocalíptica o anticipación científica y filosófica? – cuán difícil resulta responder a la interrogante que, por asociación de ideas, nos planteamos como punto de partida para esta reflexión editorial: ¿hacen colas los colectivos?

No se necesita tener la capacidad deductiva de un Sherlock Holmes ni las perspicaces células grises de Hércules Poirot para concluir que no, los colectivos – sus miembros – ni siquiera sueñan con hacer colas, y menos para esas compras nerviosas que se originan a consecuencia de sus amenazas.

Los que seguramente sí las hicieron fueron esos tres chiflados que andan buscando lo que no se les ha perdido con trucos y engañifas de prestigiadores ambulantes a los que se les ven incluso las costuras de los calzoncillos; hicieron sus colas, sí, pero tardíamente, y llegaron con retraso a la repartición de talento, sensatez, prudencia, sindéresis, compostura, vergüenza y otros sentimientos, atributos y emociones que marcan la diferencia entre la civilidad y la insolencia. Llegaron los últimos a este reparto, cuando ya se había acabado lo que se daba; sin embargo, arribaron los primeros a la rebatiña de arrogancia, bravuconería, desfachatez y otros desajustes similares conspicuamente presentes en la pandilla que quiere, de nuevo como sea, desconocer el veredicto popular.

Con el sumiso concurso de magistrados suplentes – abogadillos de tres al cuarto, versados en marrullerías de trastiendas pero sin apego a la ética judicial – logran dar luz verde a recursos que en cualquier corte del mundo civilizado habrían sido rechazados por inoportunos e improcedentes, violentado las vacaciones de lo que ha devenido en descabellado poder punitivo, castigador y trapisondista a las órdenes de un triunvirato que hace del ejercicio político práctica obscena con pinceladas gansteriles. ¿Pero qué es una raya más en lomo de decrépitos, jorobados tigres rojos cuyos rugidos ya se asemejan a los agónicos esténtores de las bestias mortalmente heridas?

En el país, más que soñar, se alucina con imágenes recurrentes (largas filas y estantes vacíos): no hubo un solo día de 2015 en el que el ciudadano corriente, moliente y paciente se librase de ese pernicioso mal inoculado al tejido social por la incompetencia y sobre todo la estupidez en materia económica de una administración malsana, desorientada, que navega sin rumbo y sin brújula en un mar picado por la corrupción. Soñar con colas hasta despierto ha devenido en peculiar trastorno (que hubiese descolocado al mismísimo doctor Freud), transmitido por agentes propagadores del chavismo, enfermedad infantil de un modelo social que, como la novela de Dick y la película de Scott, tiene demasiado de distopía posapocalíptica, pero nada de la poesía que el lector encuentra en el libro y en el film. ¿Despertarán los tres chiflados de sus ensueños y fantasías con el poder eterno? Toca a la sociedad venezolana despertarlos.