• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Simonovis

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Ivanna Simonovis tiene apenas quince años y el azar ya le ha puesto pruebas tan arduas como la ausencia del hogar de su padre, durante más de la mitad de su vida. Pasó de la niñez a la adolescencia y al uso de razón bajo la pena de ese gran vacío. Ivanna no se resigna y ha tomado como su meta existencial el reencuentro con el padre, el comisario Iván Simonovis, condenado a una larga prisión de treinta años, sometido a condiciones inhumanas y quien, para mayores desgracias, padece serios quebrantos de salud.

Ivanna le ha enviado una carta a los representantes del Estado venezolano, en la que implora clemencia en su lenguaje espontáneo y sin malicia, donde confiesa su temor de mirarse al espejo y verse agredida no por el tiempo sino por la angustia. No las ve, pero siente que su cabello se ha blanqueado y que está encanecida. Nadie puede hablar con el lenguaje de la adolescencia, ella lo hace porque es su lenguaje y se dirige a los representantes del Estado que están en capacidad de decidir la suerte de su padre.

“Esta es la segunda vez que le escribo”, dice Ivanna. Y se arma de coraje para reiterar o repetir la súplica. La adolescente se ha consumido en la soledad y ha madurado en el vía crucis. Estas son algunas de sus palabras que copiamos porque ninguna otra expresa mejor ni con mayor autenticidad lo que ella siente y dice. “No me da pena insistirles. El dolor puede más que la pena. Les juro que ya no puedo más. Ya me cansé de llorar. Estoy agotada. Quiero pedirles de nuevo un poco de clemencia. Ya mi papá, Iván Simonóvis, y todos nosotros, su familia, hemos sufrido demasiado. Sufrir cansa. Llorar cansa. Extrañar al padre de uno cansa. Siento que soy demasiado joven para estar tan cansada. Me parece injusto que la política me arruine la vida. Todos los días me asomo con susto en el espejo, porque siento que tengo canas en mi cabello. No las veo, pero las siento. Y tengo 15 años”.

Ivanna ha ido perdiendo la sonrisa que se le quiebra a cada instante. Ahora habla por su padre, por su situación y por su estado lamentable de salud: “Mi papá no está nada bien. Su columna está demasiado frágil. Se puede romper sola, sin que nadie la toque. Sus huesos, dice el médico, tienen la edad de un anciano. Sus huesos ya pagaron el doble del tiempo de su condena. Su ánimo también. Y su familia. Sea justa o no su prisión, creo que ya todo es demasiado”.

Más allá de la solicitud de Ivanna Simonovis es preciso expresar que, en efecto, el comisario merece una decisión que le permita velar por su vida. Que lo reintegre al seno de la familia y que pueda asumir sus tratamientos en las condiciones apropiadas. Ya se conocen los diagnósticos de los médicos, por tanto, una decisión favorable sería, además, un signo y un mensaje a todos los venezolanos de que debemos dejar atrás lo que nos divide. Conviene que a la sociedad se le propicie superar sus heridas y que todos podamos aspirar al reencuentro como país solidario.