• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Sillones vacíos

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La presencia de los jefes de Estado durante la Asamblea General de las Naciones Unidas ha sido siempre una gran oportunidad para expresar cara al mundo la visión de sus gobiernos con relación a las coyunturas internacionales, su compromiso con la paz, el respeto por los derechos humanos, su firme compromiso con el multilateralismo y con el fortalecimiento del sistema de las Naciones Unidas.

Equivocadamente, y desde hace varios años, nuestros dos últimos presidentes han creído que esta plataforma sirve más como un escenario político para la confrontación y la denuncia de los males que aquejan a la comunidad internacional y para hacer una ridícula arenga contra Estados Unidos.

Lamentablemente, poco esfuerzo han hecho para ofrecer soluciones al mundo que reflejen, además, cierta coherencia con las políticas internas que están desarrollando en su propio país.

Los pocos diplomáticos que se sentaron a escuchar al jefe del Estado venezolano esperaban una posición más fresca, más de avanzada, menos amenazante y llena de desplantes, menos parecida a la de su antecesor que usó la ONU para  engolosinarse insultando al presidente del país anfitrión y sede de la organización.

El canciller Ramírez, quien seguramente reclamó a su embajador y representante permanente su incapacidad para que durante la  intervención del presidente se lograra una sala relativamente asistida aunque fuese de diplomáticos de bajo rango, tuvo que conformarse con la ausencia de las delegaciones del tercer mundo, a diferencia de los llenos que producen los representantes de los viejos imperios y de nuestros vecinos como Brasil y Colombia, a los que el mundo sí les interesa saber que piensan.

De allí que la mamadera de gallo popular de inmediato divulgó que el presidente en su saludo a la Cumbre del Clima se refirió a “sillones y sillonas”, ante tan notoria ausencia de delegados.

Los estrategas de la Cancillería mal aconsejaron cuando, una vez más, le recomendaron que izara la vieja arenga de recordar el bloqueo a Cuba, tema que se ha convertido en el lenguaje de la ONU en un “non issue”, pues Estados Unidos, Israel y las islas Marshall siguen siendo los únicos países que votan en contra de las cientos de resoluciones que condenan tan inoperante política.

Pedir por la democratización de las Naciones Unidas es legítimo, pero se pierde su efecto cuando el país que lo pide se caracteriza por un alto déficit democrático, por el encarcelamiento de decenas de estudiantes y por la matanza de 43 ciudadanos que ejercían su derecho a la protesta pública.

Los venezolanos que siguieron por televisión los discursos del presidente se preguntaron por qué si queremos un planeta descontaminado, criticamos la economía verde y aquí, en Venezuela, violamos las normas de protección ambiental y contaminamos a granel, como lo corroboran las pailas de coque acumuladas entre Puerto La Cruz y  Puerto Píritu. Faltó la señora Faría bañándose en el río Guaire como una prueba contundente.