• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Silencios presidenciales

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El generalizado silencio de los presidentes latinoamericanos y del Caribe ante el hundimiento de la democracia venezolana se ha visto como nunca antes desafiado por pronunciamientos y exigencias que colocan una potente lupa sobre las acciones y omisiones de los gobiernos.

Los presidentes han dejado que sea la Unasur la organización que atienda el caso. No importa que el secretario de esa organización ya haya expresado su apoyo a la tesis de la conspiración internacional. Tampoco que quien se asume vocero de los mediadores, el canciller de Ecuador, haya dicho: “Estamos dispuestos a viajar a Venezuela las veces que sean necesarias para colaborar con las autoridades revolucionarias del gobierno electo por los venezolanos y coadyuvar a frenar lo que efectivamente se presenta como un nuevo intento de golpe de Estado”. Es decir, ni siquiera apaciguamiento; antes bien, más leños a la hoguera que no cesa de avivar el gobierno venezolano todos los días con resoluciones, amenazas, acciones y omisiones. ¿Qué diálogo puede impulsarse desde ese punto de partida?

Ya bastante se ha dicho sobre la letal combinación en la que hoy, más que las afinidades por el visiblemente deshilachado modelo bolivariano, pesan mucho la autoprotección ante el examen ajeno de los pecados propios, el temor por las acreencias que aún se tienen esperanzas de cobrar, los intereses que no quieren verse expropiados y los beneficios, así sea mermados, que se aspira a mantener. Sin embargo, las sombras de la diplomacia no logran ocultar que la situación venezolana es, cuando menos, riesgosa y perturbadora. Fue lo que asomaron las palabras de José Mujica antes de dejar la presidencia. Aun con su sesgo antiimperialista, con mucha debilidad y bastante tarde, quien hoy entrega el cargo a su copartidario Tabaré Vásquez dijo que “en la medida que ejerce algún grado de represión se cometen errores” y que “nos podemos ver frente a un golpe de Estado un día de militares de izquierda”. Esa declaración fue su intento por responder a lo que ha estado ocurriendo en Uruguay y el resto del vecindario: que partidos y líderes políticos, parlamentarios, expresidentes, personalidades y organizaciones no gubernamentales reprochan a sus gobiernos tanto silencio y les exigen actuar constructivamente ante la sumatoria de violaciones de los derechos humanos en Venezuela.

Por supuesto que los presidentes se resisten, les cuesta romper con la diplomacia fraguada entre los abrazos y empujones de unos y las distancias y cortesías de otros. Se han acostumbrado a funcionar con acuerdos de mínimos denominadores comunes; el resto, va al saco de los asuntos internos. Ahora, en torno a la situación venezolana y sin duda favorecidas por cambios en el mapa político regional, ganan resonancia las voces de quienes desde adentro y afuera reclaman que se atienda debidamente una crisis ante la cual, por donde se mire, la responsabilidad y capacidad primera y principal para cambiar de rumbo está en el gobierno de Nicolás Maduro.