• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Seres irrepetibles

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La muerte es esa hora oscura que se cita con el azar en cualquier esquina. No sería exagerado decir que la muerte es pura y simplemente el proceso en que la vida se transforma en memoria. Con Simón Alberto Consalvi, historiador y por tanto infatigable indagador de memorias, el azar le dejó toda la mañana para que llegara al periódico, conversara con un grupo de jóvenes reporteros y luego se sentara en su oficina a imaginar el editorial que escribiría esa tarde. Luego se marchó a su casa a descansar.

La muerte respetó esas últimas horas, prolongó su espera hasta que supo que Simón Alberto estaba plenamente satisfecho con el editorial que sería publicado el día siguiente. Luego lo atacó miserablemente a traición, en un corto momento de soledad cuando lo sabía indefenso y sin capacidad de pedir ayuda.

Queda en el aire la interrogante sobre por qué la muerte fue débil y condescendiente y lo dejó escribir y corregir hasta el último párrafo del editorial o si privó un respeto porque aquella vida que hizo del periodismo y de la lucha por la libertad de expresión el objetivo central de su vida.

Mientras en la historia del periodismo de este siglo han ido quedando a la vera del camino cadáveres insepultos que una vez fueran presidentes del gremio periodístico y que hoy son vulgares mercenarios que defienden a un gobierno corrupto, existen ejemplos de hombres que como Simón Alberto jamás se dejaron doblegar por ir a la cárcel, ni se volvieron una piltrafa haciéndole carantoñas a este régimen militar.

 

Simón Alberto Consalvi se mantuvo tranquilo y alejado de la política cotidiana por cierto tiempo pero entregado en cuerpo y alma a la investigación histórica para hacer luz y colocar al descubierto las grandes mentiras que los gobiernos poderosos habían construido como un muro de Berlín para ocultar los horrores, los contubernios y las corrupciones que les habían permitido permanecer en el poder.

 

Más tarde, cuando Miguel Henrique Otero, presidente editor de este diario, lo llamó para que se incorporara al proyecto de renovar El Nacional, no lo dudó un momento. Se le notaba en la mirada, en su actividad diaria, en la multiplicidad de proyectos que bullían en su cabeza que estaba feliz de volver al periodismo diario, su gran pasión desde que era un adolescente en San Cristóbal y fundó una revista para los estudiantes.

Pero Simón Alberto Consalvi no sólo hizo presencia diaria en la redacción como Editor Adjunto, sino que cumplió un papel envidiable como maestro de las nuevas generaciones que se iniciaban en el oficio. Aquel hombre que había sido ministro, encargado de la presidencia de la república, canciller, embajador en Yugoslavia y Estados Unidos jamás cerró las puertas de su oficina y todos tenían libre paso para consultarle.

Se va el hombre valiente que luchó por la libertad de expresión y se va también el compañero, el hombre sensible, el jefe que siempre fue un guía y un amigo rotundo.