• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Santos entre diablos

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El uso de la confrontación le dio dividendos a la política exterior de Chávez. Entre gritos y amenazas logró entender y aprovechar las apetencias y debilidades de muchos países, incluyendo las del imperio. Una invasión de los gringos ni soñarlo, pero desearla a toda voz le funcionaba impecablemente. Pero el interés de Washington por Venezuela está por encima de combatir el trasnochado socialismo de los cubanos.

La Guerra Fría pasó y la perdieron las autocracias socialistas. Así es que Estados Unidos no ha tenido, ni tiene a Venezuela en su lista de prioridades internacionales y mucho menos dentro de un escenario de guerra. El comandante bien lo sabía. Venezuela como abastecedor confiable de petróleo e importador de bienes y servicios hechos en Estados Unidos mantiene un círculo virtuoso para beneficio de los yanquis, de allí su paciencia ante la retórica y los insultos que forman parte del repertorio con el que han aprendido a convivir en esta región. Violencia ni con el pétalo de una rosa.

Del Caribe aprendió el gobierno bolivariano sobre sus necesidades energéticas y se lanzaron con el petróleo como arma para ganar adeptos. Allí tenemos a Petrocaribe desangrando a Venezuela. Son solidaridades que no están garantizadas de ninguna manera. Los caribeños saben mucho de cómo jugar las cartas de la diplomacia. El tiempo demostrará que su agradecimiento no es con Maduro ni con Ramírez.
En la región abrieron el mercado venezolano para beneficio especialmente de los sureños a costa de acabar con el aparato productivo nacional. Patrocinaron a cuanto movimiento izquierdista estaba disponible en la región. Si no existía, lo inventaban. Una diplomacia de ruido pero efectiva para someter a los necesitados. Hasta España se tuvo que arrodillar ante las amenazas de paralizar la compra de lanchas patrulleras.

Pero en donde el Gobierno se equivoca rotundamente es en relación con Colombia. Si de algo saben los colombianos es de asuntos de Estado y de diplomacia. Santos logró que el difunto se fuera como su mejor amigo, y aunque Maduro es el predilecto de la señora Holguín, no logrará chantajear a Colombia en esta oportunidad, ni por el porcentaje que representa sus exportaciones a Venezuela ni por los vínculos archiconocidos del chavismo con las FARC.

Los colombianos imaginaron, dentro de los escenarios posibles, una reacción desaforada ante la visita de Capriles. Pero era la oportunidad de Santos para recordarles que no acepta chantajes. Con tino puso a prueba las negociaciones de paz. ¿Será la FARC capaz de tirar por la borda todo este esfuerzo y cuadrarse con Maduro? Pareciera que no, porque la paz de Colombia la están logrando ellos y no gracias a Venezuela ni a Cuba.

La ruta de Colombia es la del Estado de Derecho, democracia con libertades y con división de poderes. La Cancillería venezolana en esta oportunidad se equivocó y puso la agenda bilateral en donde menos le da beneficios.