• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Sanciones entre los grandes

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Este mes de agosto se cumple el centenario del inicio de hostilidades de la Gran Guerra, esa confrontación que, aunque anticipada, resultó en una ola de destrucción, violencia y fracturas geopolíticas de magnitud y consecuencias inauditas. Europa lo conmemora entre actos protocolares y tensiones que escalan al paso de las sanciones que se acumulan en torno a la crisis en Ucrania.

No es el caso equiparar las circunstancias de comienzos del siglo XX con las del XXI, pero sí parece oportuno llamar la atención sobre los riesgos que entraña la pérdida de terreno de la diplomacia ante estrategias de confrontación, especialmente cuando el peculiar enfrentamiento ocurre entre potencias. Choque peculiar porque el impacto directo de la fuerza ocurre en el terreno de otros, pero también porque las medidas energéticas, financieras y comerciales tienen, por rebote, consecuencias globales.

Sobre ese trasfondo común, hay diferencias entre las sanciones aplicadas por Estados Unidos y Europa y las anunciadas por Rusia. Las decisiones occidentales han estado fundamentalmente dirigidas a personas, empresas energéticas y bancos, así como a la restricción de fondos de cooperación y venta de armamentos, todo ello con miras a presionar al gobierno ruso. Su propósito ha sido no dejar pasar sin consecuencias su anexión de Crimea y subir el costo de su apoyo a los prorrusos de Ucrania y de su movimiento de tropas en la frontera con ese país.

Son de más amplio espectro las medidas anunciadas el pasado jueves por Dimitri Medvédev contra los países que han apoyado las sanciones contra su país. La suspensión de importaciones agroalimentarias provenientes de la Unión Europea, Noruega, Estados Unidos, Canadá, Australia y Japón no solo toca un sector muy sensible para cualquier economía, especialmente cuando se trata del mercado de bienes perecederos, sino que afecta a muchas personas, empleadores y empleados, más allá del corto plazo. Eso sí, apuntando directamente a Washington, no es dato menor que en estos días se haya divulgado que Edward Snowden, que tantos secretos de la CIA parece guardar, no es asilado sino residente en Rusia, con derecho de optar por esa ciudadanía y de viajar.

De distintos modos, los grandes mueven la palanca económica para hacerse desistir de lo que ya no es solo la pugna por influencia sobre Ucrania, sino una medición de poder.

Por aquí cerca, como resortes preparados para saltar, seguramente tensados por Putin en sus visita reciente al vecindario, los representantes de gobiernos que tanto despotrican contra las medidas imperialistas de presión económica no han dudado en ofrecer hasta lo que no tienen para aprovechar el mal rato que espera a empresarios y trabajadores del campo en los países sancionados por Rusia.

Chile, Ecuador, Argentina, Uruguay y Brasil estuvieron entre los primeros en dar la bienvenida a la oportunidad de pescar en río revuelto, con frialdad y sin sonrojo. Así estamos.