• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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San Jaua y el Plan

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El Vaticano tiene una de las diplomacias más sofisticadas del planeta y de ello da constancia su capacidad de penetración y participación en los más intrincados escenarios bilaterales o multilaterales a escala mundial. Sus diplomáticos se forman, luego de ser ordenados sacerdotes, durante un período cuatro años en la Academia Pontificia Eclesiástica.

No hay acontecimiento internacional de relieve en donde el Vaticano no tenga preparadas sus antenas apuntando hacia el blanco. Su herramienta más poderosa es la discreción y una red internacional de apoyo entre miles de prelados y feligreses. Es por ello que jefes de Estado, políticos y personalidades no pierden la oportunidad de entrevistarse con el máximo jerarca de uno de los más diminutos estados del globo.

En días pasados el mundo católico se llenó de orgullo y fe con motivo de la canonización de dos papas santos, Juan XXIII y Juan Pablo II, en la Plaza San Pedro en el Vaticano. El primero de ellos fue un destacado funcionario que llegó a tener altas responsabilidades en la diplomacia vaticana de su época.

Como es lógico, el gobierno de Maduro estuvo presente con una variopinta e improvisada representación encabezada por el canciller Jaua. ¿Quién iba a pensar que el tan recordado agitador de cuanto disturbio había en la UCV, y ateo por más señas, iba a llegar a persignarse ante las puertas del Vaticano?

A Jaua el éxito en la diplomacia le había sido esquivo pues, años atrás, su ambición de ser embajador se vio frustrada al negarle el gobierno argentino el beneplácito correspondiente. Para la época mandaba en Argentina el presidente De la Rúa.

Hay que decir que el señor Jaua se comportó al nivel de su alta investidura, aunque en su fuero interno no dejaría de pensar en la mala suerte de tener que congraciarse con lo más rancio del anticomunismo mundial.

A Jaua el traje le quedaba un poco estrecho (se nota que ya no almuerza en el comedor de la UCV) pero el show se lo robó santa Mari Pili Hernández, la católica oficial del régimen. Mari Pili se vistió de negro, se puso velo y se colgó un crucifijo. Gracias a Dios no se le ocurrió ponerse un traje blanco que solo lo pueden usar las reinas cuando visitan al Sumo Pontífice.

Donde la cosa no estuvo tan también fue en la entrega de obsequios pues la ocasión no lo requería ni lo establece jamás. Pero al fin y al cabo, este sonriente Papa que lucha contra las tradiciones, recibió con amabilidad un librito que, para sorpresa de su plana mayor, no era otro que el del Plan de la Patria 2013-2019.

Tamaña ocurrencia y mayor idiotez. Ese plan es más que conocido por la Secretaría de Estado del Vaticano. Además, ni siquiera fue el original manuscrito por el mandatario cósmico ya fallecido. Vale la pena preguntarse que les pasó por la cabeza a los subalternos de Jaua, quizás al flamante vicecanciller para Europa, que recomendó semejante ingenuidad como si ese plan se tratara del Libro Verde de Gadafi.

O quizás el libro rojo de Mao Tse Tung, dos obritas que, por igual, rechazan la democracia liberal como principio y que, con el paso del tiempo, demostraron que solo servían para la acumulación de poder de sus proponentes y como plataforma para violar los derechos humanos.

Damos por supuesto que el mismo día el papa Francisco le pidió al Altísimo que ayude a Venezuela a salir de la maraña política en que está enredado nuestro país. No podía ser de otra manera. Cuando el papa leyó que el primer objetivo del plan era “garantizar la continuidad y consolidación de la revolución bolivariana en el poder”, entonces recordó los mensajes de alerta del Episcopado venezolano cuando le señalan que esta gente no tiene un proyecto de nación sino uno de poder infinito y definitivo.