• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Rumbo a Jalisco

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Hay un viejo chiste judío que narra el casual encuentro, en una estación ferroviaria europea, de dos viejos amigos, Aarón y Jacobo, famosos por desconfiar el uno del otro.

—¿Adónde vas, Jacobo? –pregunta Aarón al toparse en el andén con su camarada de mejores tiempos.

—A Praga –responde con prontitud y recelo el interpelado. Y, ante tal respuesta, el otro se le queda mirando y le espeta:

—Claro que vas a Praga, pero me los dices para que sospeche que vas a otra parte.

El retorcido razonar de Aarón es asociado por este editorialista al proceder de Nicolás Maduro cuando afirma que “no existe el voto castigo”. Y es que, desde el mismo momento en que ocurrió el deceso de Hugo Chávez y surgió la necesidad perentoria de llenar ese vacío, Maduro supo que estaba destinado a sepultar no solo a su benefactor y padre putativo, sino al partido y los modelos imaginados por él para desgracia nacional.

Esa premonición le persigue y atormenta, al punto de inventarse teorías consolatorias como la improbabilidad de la pena comicial con que le sancionará Venezuela a él, por su incompetencia, y a los candidatos del PSUV, por su incondicional complacencia con la deplorable gestión del líder impuesto.

Desde que se dio cuenta de lo grande que le venían el camisón presidencial y las botas del líder perpetuo, se sintió no más perdido que el hijo de Lindbergh, sino incapacitado para transitar el victorioso –aunque minado de triquiñuelas– camino hollado por quien lo dejó solo y abandonado sin revelarle los arcanos de la continuidad.

O a lo mejor sí intentó explicárselos, pero no los entendió. De allí, su asidua comparecencia en La Habana. Pero los consejos y remedios castristas no parecen eficaces remedios contra los males causados por sus extravíos políticos y su incomprensión de la economía.

Dice y se desdice sobre los resultados de las elecciones fijadas para el 6 de diciembre. Desautoriza a todas las encuestadoras, incluso a las pagadas por su administración, y continúa amenazando con que, de ganar la oposición la Asamblea Nacional, él –personalmente en persona, ¡ay papá!– se pondrá al frente de las huestes rojas para impedir que los diputados electos se posesionen de sus curules.

Se insinúa ganador –“¿El voto castigo? ¿Contra la revolución? Eso no existe ni va a existir. Anótenlo. Lo digo 60 días antes”– pero apuesta a placé: “Si la revolución perdiera las elecciones el 6 de diciembre, es muy probable que en el transcurso de los próximos meses y años la revolución tome otro carácter”.

No estamos escribiendo la crónica de una derrota anunciada. Y sería una desmesurada irresponsabilidad de parte de la oposición cantar victoria antes de tiempo.

El triunfalismo es insensato, pero hay en el retintín madurista mucho de confesión de partes, refrendada por las angustias de un segundón que quiere ser primero. Por ello preocupan los estados de excepción que anuncian inmaduros arrebatos al estilo Jalisco. Que si pierde arrebata.