• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Ruidoso silencio

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“Los vivos, comparados con los muertos -nos dice Miguel Delibes- resultamos insoportablemente banales”.  Y como hemos estado transitando por días santos y teatrales, tal vez convenga citar a Chéjov para agregar que “no hay nada más terrible, insultante y deprimente que la banalidad”.

Y lleva razón el ruso.  Examínese, por ejemplo, el video que con el previsible  título de “Hasta siempre, comandante” elaboró el Laboratorio de Animación de Nuevos Contenidos de Vive, el canal del Poder Popular, y que el diario Clarín de Buenos Aires califica de insólito, en el cual se muestra la llegada de Hugo Chávez al cielo, donde es recibido por una angelical corte integrada, entre otros, por  Ernesto Che Guevara, el cacique Guaicaipuro, Salvador Allende,  Eva Perón, Pedro Camejo, Manuelita Sáenz, Camilo Cienfuegos y Simón Bolívar.

Un video que cualquier iglesia católica menos tolerante que la nuestra no vacilaría en considerar blasfemo y que responde a la imperiosa necesidad que tienen los legatarios del chavismo de mantener vivo el recuerdo de un líder que batalló duramente contra el cáncer, y a quien santifican tejiendo a su alrededor una leyenda cuya reiteración ya está hartando al ciudadano medio, ese ser racional que comprende el dolor ajeno, pero no tiene porqué sumarse de modo indefinido al duelo electorero que intenta imponerle la camarilla atornillada al poder.

Esa cruzada por la eternización del duelo encontró un formidable muro de contención el pasado 26 de marzo, en el estadio Cachamay, en el estado Bolívar, momentos antes de iniciarse el encuentro entre los equipos de fútbol de Colombia y Venezuela, cuando el árbitro principal, seguramente por instrucciones de la Federación Venezolana de Fútbol, pidió un minuto de silencio en homenaje a Hugo Chávez.

Fue, y no podemos sino valernos de un oxímoron para describirlo, el silencio más ensordecedor que se haya escuchado. Y es que el público no hizo más que manifestar, mediante una atronadora pita, el hastío que le ha producido la saturación de homenajes fúnebres con finalidades proselitistas organizados por el PSUV y sus aliados.

El público que desbordó las localidades del Cachamay exteriorizó sus sentimientos. Se sinceró. Rechazó, quizá por considerarlo de mal agüero, el llamado a callar durante 60 segundos porque intuyó que, al hacerlo, se  estaba haciendo comparsa de un macabro carnaval.

Un flaco favor le hacen al recuerdo de su comandante quienes  persisten en no superar su pérdida y, como las  viudas mediterráneas, se empeñan, pero de rojo y no de negro, en evocar a cada paso  su “divina” presencia y le consagran plegarias y oraciones que, sobre todo por estos días santos, suenan a profanación.

Un flaco, flaquísimo favor, porque el recuerdo persistente genera toda suerte de extravíos psíquicos. Ya lo dijo Freud: “Recordar es el mejor modo de olvidar”.