• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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¿Revolución o mal negocio?

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En una frase afortunada y certera, el intelectual mexicano Enrique Krauze, avisaba que cuando cayera la revolución bolivariana lo que se encontraría en los archivos y documentos oficiales dejaría perplejos a los investigadores de la historia de América Latina, debido a la cuantía y variedad de los disparates cometidos por esta revolución que, en verdad, nunca existió sino someramente en la palabra de un grupo de vendedores de feria.

Sin el menor conocimiento de las cuestiones del Estado, sin estudios económicos profundos y serios, sin ningún fundamento ideológico o político, sin el conocimiento de las leyes y las prácticas burocráticas para conducir un gobierno, estos trepadores y aventureros decidieron, a la sombra de un samán centenario, que ellos eran capaces de darle un vuelco a la historia de este país. En realidad, novatos e ineptos como eran y siguen siendo, lo que le dieron a Venezuela fue una verdadera voltereta, de la cual hoy estamos recogiendo los vidrios rotos.

A la falta de materia gris, este grupo de aventureros especialistas en una sola materia, el fracaso, acudieron a la contratación de prótesis mentales para tratar de darle algo de contenido a sus equivocados propósitos.

Abierta la puerta a los mercenarios del pensamiento, estos ni cortos ni perezosos exigieron las mismas condiciones equivalentes a un prestigioso consejero de Wall Street (alojamiento de lujo, viaje en jet privado o asiento de primera clase, chofer, línea de celular encriptada, playa privada en Los Roques o en La Orchila, dama de compañía, etcétera).

Luego esgrimieron sus tarifas en euros y dólares que, en conjunto, sobrepasaban con creces las exigencias de cualquier estrella internacional del rock. El régimen rojo rojito, preñado de petrodólares, le concedió todo y más. Incluso sirvieron de puente para que los gobiernos socialistas de Europa atraparan negocios y vendieran aquí su producción de excedentes agropecuarios, compraran armamentos y activaran sus alicaídos astilleros.

América Latina no quedó fuera del festín. En nombre de la “solidaridad entre los pueblos”, países como Argentina, Brasil, Uruguay, Bolivia, Ecuador, Perú, Panamá, República Dominicana y el archipiélago de pedigüeños del Caribe, le dieron innumerables mordiscos a granel y sin compasión a nuestro presupuesto, es decir, nos abrieron la cartera y gastaron el dinero que no era de ellos, pero que un novato presidente colocaba en sus manos sin condiciones ni exigencias severas de pago.

En este festín destacan dos países, Cuba y Nicaragua. Desde luego Fidel Castro no iba a perder esa oportunidad que se colocaban en bandeja de plata. Pidió petróleo a precios bajos y sin intención alguna de pagarlo, nos alquiló médicos, entrenadores deportivos, y todo ese montón de profesionales desempleados que tenía de vagos en la isla.

Lo más grave y doloroso es que, mientras nos robaban, unos fanáticos venezolanos aplaudían y ondeaban banderas, lanzaban consignas y pegaban carteles a favor de los ladrones.