• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Resistencia a la indigestión

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Por estos días de homenaje a los pobladores primigenios de la patria, es pertinente recordar una anécdota acerca del tratamiento que a la cuestión indígena dispensó el régimen de Pérez Jiménez. Como suele suceder con esas historias cuyo origen data de tiempo atrás, quienes las repiten agregan u omiten detalles y lo que llega a nuestros oídos es pálido eco de la realidad.

Así sucede con la salida que achacan a Luis Felipe Urbaneja, ministro de Justicia entre 1952 y 1958, ante una pregunta que, sobre “el problema de los indios”, le formuló el dictador. “El fraile”, como llamaban a Urbaneja sus íntimos, respondió que no había suficientes aborígenes para hablar con propiedad de un problema indígena. Esta es la versión más socorrida sobre el asunto; otros chismosos refieren que habría dicho: “El problema es que los indios en Venezuela no producen ni se reproducen”.

Nunca sabremos cuánta autenticidad hay en ese cuento, pero el mismo revela el interés que, quizá por razones estratégicas, dan los militares a un tema que en otros países es de relevancia extrema, y que sirvió de excusa al perpetuo para inventarse una redención constitucional de pueblos y comunidades indígenas, lo que le permitió hacerse con un trío de incondicionales en el parlamento, bozaleados no exactamente con cazabe: una representación a su servicio, ventajista y desproporcionada, a juzgar por la base comicial.

No fue, pues, la seguridad interna lo que movió a Chávez a bañarse en las aguas del indigenismo, proceder que alarmó al ministro Genatios cuando advirtió que en la Ley de Educación se menciona ocho veces el vocablo “indígena”, pero ni una sola vez los términos arte o ciencia.

Demagogia pura y dura. Si no, que lo diga Liborio Guarulla que muchas velas tiene en ese entierro.

“Nosotros lo que estamos viendo son homenajes a los muertos, homenajes a Guaicaipuro y unas pirámides como las que están en la autopista Valle-Coche. Pero en términos reales los indígenas estamos librando una dura batalla para que se haga realidad lo que históricamente nos corresponde”, ha declarado el gobernador de Amazonas a un canal de televisión.

Y, por su parte, el candidato a diputado por el circuito 2 del Zulia, Avilio Troconiz, rechazó el “total olvido” en el que se encuentran “los primeros pobladores de esta tierra”, al aseverar que “la reivindicación de los derechos indígenas sólo ha sido un montón de promesas incumplidas. Si la escasez y el desabastecimiento afectan a todo el país, aquí afectan mucho más a esos pobladores”.

Tanta alharaca con la resistencia indígena por parte de las huestes rojas obliga a aludir las palabras del periodista Hermann Tertsch, aparecidas en elABC de Madrid (“El odio como identidad”), para señalar que la izquierda, impotente y sin ideas, ha asumido las perversiones del mito del buen salvaje como parte de su acervo ideológico.

Tiene razón y, por eso, al escuchar al cacique Maduro y su tribu de pesuvecos, nos alineamos con la digna resistencia a la indigestión dogmática.