• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Resistencia histórica

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Es admirable, no cabe otro calificativo, la resistencia de los ucranianos ante un liderazgo gubernamental que ha decidido imponerle una alianza con Rusia que cierra el paso al acercamiento a la Unión Europea.

Es mucho lo que esto conlleva para la calidad de vida, política y económica de su país. Más meritoria es la protesta puesto que el asunto tiene visibles efectos geopolíticos, colocado como está sobre la estratégica frontera de poderes e influencias entre Europa y Asia Central, desde mucho antes de la Guerra Fría y hasta el presente.

No hay que perder de vista la historia de Ucrania y otros sufridos países de la periferia de los grandes imperios europeos ni, mucho menos, olvidar la crónica más cercana de la presión de Rusia ante la pérdida de los dominios soviéticos, desde el Báltico hasta Asia Central. Ucrania fue una pérdida mayor y los ucranianos han tenido que vivir en medio de las consecuencias.

El presidente Viktor Yanukóvich, el mismo que como primer ministro se proclamó vencedor en las elecciones fraudulentas ante las que se impuso la Revolución Naranja en 2004, se ha mostrado sordo a la diversidad de su país y de espaldas a las luchas por lograr y preservar la autonomía y prosperidad de los ucranianos.

Al optar por una política de alineación con Moscú no sólo ha desconocido la pluralidad que su gobierno debería escuchar y representar, sino que se ha decidido por los perversos métodos de dividir a los ucranianos y de someter a descalificación y represión a los que se oponen a los designios presidenciales.

El país que defendió su autonomía hace casi una década vive de nuevo la amenaza de regresión. Moscú la alienta con la palanca del gas y la asistencia económica, la misma que utilizó entre 2005 y 2006 al cortar los suministros energéticos en pleno invierno. La palanca interior vuelve a ser un obsecuente Yanukóvich, dispuesto a profundizar la división entre los ucranianos proeuropeos y prorusos. Temible incentivo para acicatear la violencia.

Es de ese tamaño la presión que vive la oposición ucraniana, a la que hay que reconocerle su persistencia y empeño en mantenerse organizada, sin perder de vista la gravedad de la amenaza que los ha movilizado. Si en 2004 el asunto era desmontar el fraude electoral, ahora se trata de frenar la imposición de una decisión que limita y moldea las opciones políticas y económicas de todos los ucranianos.

Ni las acciones represivas del gobierno de Yanukóvich ni el paquete de leyes que niegan la libertad de expresión y manifestación, ni las concesiones y condiciones que en esos terrenos se han propuesto, han hecho ceder a una oposición que luce consciente de la visibilidad que, entre propios y extraños, tienen sus actuaciones y respuestas al gobierno.

Parece también consciente, según ha ido escalando el conflicto, de que su resistencia supone riesgos y costos en un pulso tan desigual como de histórica trascendencia.