• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Relanzar las relaciones

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Es tan penoso como necesario reconocerlo en esta hora: la proyección internacional que la larga y ruidosa presidencia de Hugo Chávez dio a Venezuela ocurrió a expensas del tesoro, la credibilidad y la atención a intereses fundamentales del país. Tras su muerte, el abismo entre los grandes planes y las enormes deudas no ha hecho más que crecer y dejar a la vista las vulnerabilidades del país en todos los aspectos imaginables, incluida la calidad de sus relaciones con el mundo.

Venezuela es hoy un país deudor al que las divisas de petróleo a altos precios no le alcanzan para atender necesidades esenciales; país al que defender sus intereses, disminuir beneficios o cobrar deudas pendientes entre los vecinos le va resultando muy costoso geopolíticamente, en especial en la cuenca del Caribe; país al que el incumplimiento de compromisos internacionales lo ha dejado sin credibilidad y cada vez más aislado de las relaciones y acuerdos más prometedores para la seguridad y la prosperidad de los venezolanos; país al que los inescrutables lazos con el régimen cubano lo han debilitado en su autonomía interior y exterior.

Dejaron su huella los tiempos en que el presidente Chávez trazaba en un mapa las líneas del gasoducto del sur y anunciaba el proyecto binacional de la refinería Abreu e Lima. En el campo de las amenazas sólo quedan las que mayor daño hacen a los venezolanos: no pagar, no comprar.

Estamos pagando caro el empeño por construir alianzas -como en tiempos de guerra- en lugar de  relaciones transparentes de complementación y concertación. Vivimos las graves consecuencias del maltrato a reglas esenciales del comercio y las finanzas internacionales. Comienzan a verse las secuelas de la politización de la cooperación energética con países del Caribe, tan sensibles a lo que alguna vez calificaron como subimperialismo. Los millardos de dólares colocados en el sector militar, se exhiben ahora en un despliegue represivo que no evidencia  precisamente fortalezas políticas ni institucionales.

Tampoco hay margen para la ficción del encierro. La reconducción de la política exterior es vertiente indispensable para la recuperación de Venezuela como país próspero, con justicia y libertad. El desconocimiento de las instancias supranacionales de protección de los derechos humanos así como el distanciamiento de las que ofrecen arbitraje en materia de inversión extranjera muestran dos caras de un aislamiento fatal para la calidad de vida  y la vida misma de los venezolanos.

Mientras nuestros vecinos buscan mejorar el aprovechamiento de sus recursos y ampliar sus oportunidades internacionales, Venezuela es más dependiente que nunca del petróleo y del mercado que lo paga con divisas no comprometidas en fondos especiales.

La recuperación de Venezuela debe comenzar por la sincera consideración de su extrema vulnerabilidad presente en la que tanto pesan vínculos internacionales malhechos y los intereses nacionales desatendidos.