• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Reformar las Naciones Unidas

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En las intervenciones ante la Asamblea General de las Naciones Unidas no han faltado este año los recurrentes reclamos por reformas de la organización internacional nacida al final de la Segunda Guerra Mundial.

Distintas maneras de decirlo revelan, por supuesto, distintas motivaciones y propósitos. Las potencias emergentes insisten en la reforma del Consejo de Seguridad para tener allí un puesto permanente; se entiende que para ejercer en esa instancia el derecho al veto que hoy solo tienen Estados Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido.

Se trata del mismo derecho que tanta parálisis produjo ante graves crisis internacionales durante la Guerra Fría y ahora se manifiesta en graves omisiones o, en el mejor de los casos, lentas respuestas a situaciones que se complican aceleradamente.

Las propuestas de democratización de los emergentes y sus aliados no se refieren al reconocimiento de mayor peso de las voces de los Estados miembros que se expresan en la Asamblea General o en comisiones en las que la mayoría ha demostrado, por ejemplo, disposición a condenar la violación de derechos humanos.

Poco convence, y más bien genera desconfianza, la insistencia del presidente de Venezuela en una "refundación democrática y profunda del sistema de Naciones Unidas" que "fortalezca la Secretaría General" para que represente a todos los países. El efecto de tales refundaciones no solo ha sido padecido por las instituciones venezolanas, sino también por organizaciones regionales latinoamericanas convertidas en acuerdos entre presidentes.

En estos meses cuando se recuerda con dolor y estremecimiento el centenario de la Primera Guerra Mundial, convendría pasearse también por su final y el intento de consolidar una organización de alcance mundial que contribuyera a prevenir otras guerras, solucionar por medios pacíficos los conflictos y mantener la paz tan necesaria para la reconstrucción duradera de prosperidad.

Es una obligación y un objetivo oportuno revisar las razones del fracaso de la Sociedad de Naciones, tan débil en aquel tiempo ante los apetitos ilimitados de poder que, entre apaciguamientos, silencios y abandonos, condujeron a otra gran guerra.

Salvando las distancias, pero reconociendo también los riesgos presentes ante nuevas y no tan nuevas, pero en todo caso graves amenazas a la seguridad de países y personas, hoy vuelve a haber buenas razones para preocuparse por la debilidad de un foro internacional al que tanto le falta para alcanzar las cotas necesarias de autonomía.

Es justo recordar que el Sistema de Naciones Unidas no es solo Asamblea General y Consejo de Seguridad, y que es muy amplio e importante el espectro de asuntos que atiende con razonable, aunque seguramente mejorable eficiencia. Pero es el caso que ninguno de ellos encuentra sinceridad renovadora en las propuestas de quienes con el discurso de los emergentes y la multipolaridad apuestan mucho por el control del veto y muy poco por la dosis de supranacionalidad necesaria en cuestiones vitales para la humanidad.