• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Reclamos brasileños

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Tan poco dada como ha sido la diplomacia de Brasil a utilizar el micrófono para expresar sus quejas, no son de pasar por alto los reclamos que provocó la agenda que sin notificación alguna desplegó en ese país el vicepresidente y ministro Elías Jaua.

Las declaraciones públicas brasileñas de inconformidad han estado reservadas en los últimos tres lustros a situaciones extremas como las ofensas del presidente Hugo Chávez al Congreso de ese país por su demora en aprobar el ingreso de Venezuela al Mercosur o, también en relación con este acuerdo, las amenazas de refundarlo: primero respondió el presidente Lula da Silva, luego el canciller Celso Amorim. Y tocando el área económica, aunque con mayor discreción, se dejaron colar a los medios las diligencias de muy alto nivel para cobrar acreencias vencidas y para superar el incumplimiento del gobierno venezolano con lo que había sido anunciado como el más importante de los proyectos binacionales, la refinería Abreu e Lima, finalmente asumida en su totalidad por Petrobras. Lula ha sido el gran moderador e interesado en mantener el acercamiento político y económico al régimen bolivariano –no hay que olvidar su video en apoyo a la campaña presidencial de Maduro– pero naturalmente sin perder de vista los intereses de su proyecto en su país.

Esos intereses se mantuvieron con la llegada de Dilma Rousseff al poder, pero con un estilo y unas prioridades en las que rápidamente se notó el distanciamiento político: desde la pronta eliminación de los encuentros presidenciales periódicos hasta la pérdida de entusiasmos compartidos en foros inicialmente muy celebrados, como la Unión de Naciones Suramericanas y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, para no hablar del propio Mercosur.

Los contactos y acuerdos del ministro Jaua con representantes del Movimiento de los Sin Tierra no hacen más que reproducir algo semejante a lo que el presidente Chávez se permitió en enero de 2003 cuando, a pocos días del ascenso de Lula al poder, pronunció su discurso incendiario en el Foro de Porto Alegre. Pero ahora las circunstancias son muy distintas.

El segundo mandato de Dilma Rousseff se perfila complicado, económica y políticamente: lo que menos necesita es aliento a la agitación de radicales. De allí que el canciller Luiz Alberto Figueiredo dejara saber públicamente que el reclamo al gobierno venezolano había sido conversado con la presidenta Rousseff. Lo mismo que sin cortapisas reafirmó ante la Cámara de Diputados que había presentado un reclamo “bastante fuerte”.

El caso es que con Brasil se ilustra cuánto se han descolocado varias piezas del rompecabezas internacional de régimen bolivariano: su aprovechamiento de las afinidades con otros presidentes y el desprecio por la pluralidad en sus Congresos; la ausencia o inconsistencia regional de las reacciones ante actividades injerencistas y, por supuesto, la compensación que ante una credibilidad decreciente ofrecía su disponibilidad de recursos económicos.