• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Rechifla y rabieta

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Ayer, bajo el título de “Venezolanos no, cubanos sí”, editorializamos sobre las grotescas declaraciones del profesor Istúriz y las de su amo y señor en relación a una presunta agresión a los beisbolistas cubanos que asisten a la Serie del Caribe. Sin embargo, quedaron algunas ideas en el tintero que hoy traemos colación, a riesgo de ser reiterativos.

Luego de su restauración, el 14 de abril de 2002, y a pesar de sus actos de contrición y propósitos de enmienda, Chávez y sus colaboradores se embarcaron en una cacería de brujas que se centró en la malintencionada distorsión de lo acontecido en la embajada cubana de Caracas.

Como se recordará, Henrique Capriles, entonces alcalde del municipio Baruta, se apersonó en esa sede diplomática cubana para calmar los exaltados ánimos de un grupo de vecinos que no entendían la necesidad de preservar la inviolabilidad que los convenios internacionales adjudican a las embajadas.

Gracias a la intervención del alcalde los ánimos se calmaron. Sin embargo, el régimen se las ingenió para hacer del embajador Sánchez Otero una víctima (Raúl Castro lo destituyó por ser “bolivariano” pero contante y sonante). El gobierno acusó a Capriles de perpetrador, por lo cual fue imputado y encarcelado sin respeto al debido proceso.

12 años más tarde, el gobierno enrojecido de euforia habanera después de la cumbre de la Celac en La Habana, festeja el retorno de un decadente equipo cubano a la Serie del Caribe, escondiendo de las miradas de los periodistas y del público a los jugadores cubiches tras una muralla de guardias nacionales.

El circo beisbolero no pudo, empero, apocar el creciente descontento popular que se ha manifestado con inusitado vigor en todo el país. Margarita no podía ser la excepción. Y la presencia de la delegación cubana distorsionó el carácter de una protesta que, en ningún caso, estuvo dirigida contra los jugadores, sino contra el régimen comunista que representan.

Ya, en ocasión del fraudulento manejo de los escrutinios electorales mediante el cual el Poder Electoral cumplió, para regocijo de La Habana, con la última voluntad de Chávez, se intentó inculpar a la oposición de supuestos ataques contra los módulos de Barrio Adentro y los paramédicos cubanos que fungen de galenos sin tener las competencias para tal fin.

Hoy no es descabellado suponer que en Porlamar hayan actuado agentes gubernamentales infiltrados entre los manifestantes. A fin de cuentas, las filas del chavismo están plagadas de agentes provocadores y agitadores de oficio formados por el G2.

Y es que tras la ensordecedora rechifla que recibió el señor Maduro en el estadio margariteño de Guatamare, el oficialismo tenía que generar ruido suficiente para justificar su discurso según el cual más de la mitad del país es fascista y está al servicio de los intereses del imperio. Pero discurso presidencial jamás acalla rechifla beisbolera y popular.