• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Razones de un decreto rechazado

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Desde luego que un diputado honesto y en su sano juicio no se prestaría jamás para una maniobra tan infame como la que pretende el presidente Maduro. Como si los venezolanos no tuvieran memoria de lo que ha ocurrido en estos últimos 17 años de gobierno rojito, ahora piden sin asomo de vergüenza que se le extienda la confianza que ingenuamente los ciudadanos le dieron para que mandaran a su gusto, sin controles ni impedimento alguno.

Pues hoy está más claro que el agua que esa confianza popular fue traicionada, burlada y apuñaleada por la espalda por una organización política que prometió el oro y el moro y que, como era de esperarse, malbarató nuestra riqueza y se robó hasta el último centavo, al punto de que hoy se nos conoce en América Latina como un país maula, que incumple no sólo sus compromisos internacionales sino que, además, ya no puede siquiera alimentar al pueblo, el mismo que le dio reiterados resultados electorales favorables para que hicieran una realidad de sus promesas.

Llegaron dividiendo al país y cometieron todo tipo de atropellos y disparates para destruir lo único que se mantenía en pie, nuestra profunda fe en la democracia. No lo lograron y es tarde para que lo intenten porque hoy más que nunca sus traiciones y deslealtades han salido a la luz pública, y lo que es peor, seguirán saliendo en tal cantidad y bien documentadas que acabarán por llegar a un punto en que corrupción, narcotráfico, asesinatos, mentiras judiciales, robos descarados de los dineros públicos y uso injustificados de los bienes de la nación para provecho propio se convertirán en sinónimos de socialismo del siglo XXI.

Tanto esfuerzo inútil para santificar la gestión de Hugo Chávez, para canonizar su figura y convertirla en un héroe histórico, para luego bañarla de excremento y hundirla en un sinfín de robos en cadena, de comisiones pagadas en dólares que hoy reposan en bancos suizos o en paraísos fiscales para beneficio de quienes jamás cumplieron su compromiso de combatir la corrupción, de adecentar la conducción de los asuntos públicos, de darle una mejor vida a los trabajadores, a los campesinos y a la clase media, de garantizarles el derecho a una vida segura, de caminar sin miedo por las calles a cualquier hora de la noche, de ser atendidos en los hospitales y recibir una terapia adecuada, de tener alimentos y medicinas, de disponer de escuelas, liceos y universidades con suficiente presupuesto, de poder viajar sin que caiga sobre el viajero esa guillotina que corta los dólares en dos partes: los chavistas enchufados en el poder y del otro lado los chavistas pobres y honestos o los ciudadanos que no se venden por un puesto en el gobierno, o por un carro regalado o una nevera china.

Eso se llama dignidad y el país entero debe reforzar esos valores, y expulsar de la vida pública a quienes traicionaron el compromiso de mejorar este país tan hermoso y que hoy nos lo devuelven destruido, agotado y endeudado. Sus actos corruptos no tienen perdón.