• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Ramón Jota

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¿Qué decir ante la desaparición de un gran venezolano? ¿Cómo escribir, sin quedarse corto, sobre la obra política e intelectual de una figura fundamental del país contemporáneo? ¿Cómo describir, en la estrechez de una nota editorial, los aportes que hizo a la sociedad?  ¿Cómo dejar de lado los motivos de gratitud y el afecto por un hombre ligado íntimamente a El Nacional? Difícil prueba, la de despedir desde aquí a don Ramón J. Velásquez.

Ya no está entre nosotros un político de excepcionales contribuciones para el fortalecimiento de la democracia. Luchó contra la dictadura de Pérez Jiménez y pagó cárcel por su atrevimiento. Ejerció un cargo público de especial relevancia cuando apenas retornaba la civilidad republicana, en medio de infinitos escollos que se pudieron superar gracias a su participación.

No fueron pocos los desafíos que supo contener por su actividad como secretario de la Presidencia de la República en los tiempos convulsos del mandato de Rómulo Betancourt, un legado de tolerancia y sabiduría que permitió la continuidad de una gestión que corría grandes riesgos.

Ya no está entre nosotros la figura señera que pudo contener las furias y aquietar las aguas cuando sucedió la defenestración del presidente Carlos Andrés Pérez. Hacia don Ramón se volcaron las miradas para que él, en ese peligrosísimo período de tempestad con su sabiduría y sensatez, detuviera las pasiones desatadas.

Sin el apoyo formal de los partidos políticos y ante el temor infundado de numerosas personalidades que prefirieron esperar mejores tiempos de arduo establecimiento, cumplió con creces la misión de encabezar una transición que permitiera la culminación del período constitucional y el restablecimiento de los hábitos democráticos que, en medio de la tormenta política y social, parecían condenados al naufragio.

¿Por qué las miradas se detuvieron entonces en su figura? ¿Por qué en medio de la incertidumbre y del peligro que significaba tomar el mando y conducir el gobierno a puerto seguro nadie dudó que solo Ramón J. Velásquez podía asumir ese compromiso histórico?

No solo se le calibró por su familiaridad con los trabajos de la política y por su paso sin sombras por la alta burocracia, sino también por su destacada labor intelectual. Ya la sociedad le debía dos libros ineludibles: La caída del liberalismo amarillo y Confidencias imaginarias de Juan Vicente Gómez, profundos análisis de una mengua política y de un personalismo desenfrenado sin los cuales resultaba difícil el entendimiento de los negocios del poder en el futuro.

También estaba en deuda con él toda la colectividad por la promoción de dos antologías extraordinarias, Pensamiento político venezolano del siglo XIX y Pensamiento político venezolano del siglo XX,  recopilaciones de fuentes primarias que fueron capaces de cambiar el rumbo del conocimiento histórico y la navegación en el mar de los negocios públicos.

Sobre lo que hizo en El Nacional y por El Nacional como su director en dos oportunidades, se tendría que escribir un copioso libro. Fue amigo firme de Miguel Otero Silva y colaborador sin par de María Teresa Castillo en el Ateneo de Caracas. A las diferencias políticas e ideológicas anteponía siempre una frondosidad intelectual y una hermosa y perenne inquietud por la cultura.
 
Su honestidad sin vacilaciones, sus lecciones cotidianas para  periodistas jóvenes y viejos, su valoración de la opinión pública, su búsqueda del equilibrio en el tratamiento de las noticias y en la referencia a sus protagonistas, su escritorio abierto a todos los criterios nos quedan como herencia y como desafío. También nos queda el compromiso de hacer en breve el tratamiento más prolijo y  hondo que merecen las ejecutorias de un venezolano singular.