• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Punto y raya

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La frontera colombo venezolana tiene una longitud de 2.219 kilómetros y está amojonada por 603 hitos que demarcan la línea divisoria entre los dos países y que en los mapas aparece como sucesión de puntos y rayas. "Entre tu pueblo y mi pueblo hay un punto y una raya: la raya dice no hay paso, el punto vía cerrada", se escuchaba en una canción de Aníbal Nazoa cantada por Soledad Bravo.

Puntos y rayas que, en las salas situacionales de Miraflores y en Fuerte Tiuna, sirven para que Maduro y su alto mando divaguen en hipotéticos escenarios sobre imaginarias guerras económicas.

En esa extensa linde suponemos apostados y patrullando a un ingente número de soldados para resguardar los intereses de ambas naciones; y, a lo largo de ella, encontramos lo que los economistas conceptúan como "fronteras vivas", zonas de convivencia e intercambios de toda índole que dan origen a vigorosas conurbaciones como la de Cúcuta y San Antonio, poblaciones entre las cuales siempre hubo más afinidades que desavenencias.

La dinámica de esas relaciones, similar a la de otras regiones del país a las que la diputación roja quiere aplicar el mismo descabellado estado de excepción que pesa sobre seis municipios del Táchira -y que es blanco de sarcasmos y cuestionamientos internacionales-, está, lógicamente, signada de desequilibrios, ventajas e inconvenientes eventuales, de los cuales, como en todas las fronteras vivas de casi todo el orbe, contrabandistas y estraperlistas se aprovechan, y es probable que, en ocasiones, el impacto de sus actividades erosione la economía de una u otra nación.

Pero, precisamente para evitar esas situaciones, existen las leyes, la Fuerza Armada y, en general, los órganos de control y seguridad del Estado. Si el problema que se quiere atacar y erradicar es el contrabando, lo que procede no es el cierre o clausura de peajes y alcabalas, sino su reestructuración, pues las causas de la expansión del comercio ilícito binacional ha de buscarse en complicidades de oficiales, soldados y funcionarios (de lado y lado) que reciben pingües tajadas por su vista gorda.
Sin embargo, como el gobierno venezolano anda  buscando lo que no se le ha perdido para sacudirse por la tangente y suspender los comicios parlamentarios, solo está interesado en medir los efectos de sus globos de ensayo -primero Guyana y ahora Colombia-.

Mas, cuando vemos las dramáticas imágenes de familias enteras deportadas que huyen con sus enseres a cuestas del hostigamiento del ejército dizque libertador, y nos enteramos que, al otro lado de los alambres de púas hay compatriotas a la espera de regresar a su país (se les castiga por haber ido a comprar allá las medicinas que no consiguen aquí), debemos preguntarnos qué hace Unasur al respecto y señalar la doble moral de un gobierno que hace exactamente lo mismo que critica a otros, como en el caso de Estados Unidos y México.

Para colmo, después de 6 horas de parloteo, Delcy y María Ángela no pasaron de jugar al punto y raya.