• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Puñaladas corruptas

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Ya no es posible ocultar que quienes llegaron al poder hace 18 años se han ido pudriendo lentamente como un caballo herido y abandonado por su dueño en medio del desierto. Apenas las moscas y los gusanos se atreven a permanecer en las cercanías mientras el animal se va hinchando y aumenta la fetidez que acompaña la agonía y la muerte. Es un cuadro lastimoso y a la vez repugnante. Como si la mala suerte hubiera arruinado a un hombre rico y luego lo dejara solo y a merced de los buitres.

El proceso de descomposición social y la crisis económica que sufrimos no es un simple tropiezo, un traspié momentáneo. La ruina que padecemos es el capítulo final de una aventura ruin e insensata, más propia de bandoleros y asaltantes de caminos que de héroes o predicadores de la libertad y la felicidad colectiva.

En tan solo tres meses hemos asistido al streaptease de la revolución bolivariana y en su cuerpo desnudo resaltan las cicatrices de los robos gigantescos cometidos, de los asaltos al tesoro público, de la represión policial y militar contra estudiantes, trabajadores o grupos de vecinos que apenas exigen agua, luz y medicinas.

Nada de lo que piden es algo de otro mundo sino lo indispensable para sobrevivir en medio de la ruina que han provocado los asaltantes del poder, los ladrones de nuestro petróleo, de nuestro oro y del hierro, los despilfarradores de las ganancias producidas por los altos precios del barril de crudo.

Han arruinado a un pueblo que antes era alegre y derrochaba esperanzas, que tenía fe en el futuro y en los cambios que llegarían con el nuevo gobierno. Todo resultó no solo una gran mentira sino la más perversa estafa que se le puede hacer a una población, es decir, jugar irresponsablemente con la bondad de los ciudadanos más desvalidos.

En estos 18 años los triunfadores civiles y militares acumularon beneficios y privilegios tan desmesurados que ni ellos mismos pudieron soñar jamás. El poder no sólo los envileció moralmente sino que transfiguró su presencia física al punto de convertirlos en rollizos revolucionarios, en hombres cuyas formas trasmitían enriquecimientos súbitos, en dueños de comodidades y lujos a los cuales no estaban acostumbrados.

La familia del héroe dejó de ser pueblerina y se fue redefiniendo a la sombra de los abundantes privilegios que recogían del poder, tal y como los dictadores de nuestra accidentada historia tenían por costumbre apenas se asentaban presidencialmente en Caracas. Parece ficción pero en ningún momento lo es, al contrario, son puñaladas de dura realidad que le asestan por la espalda a un pueblo sencillo y crédulo.

Hoy los llamados revolucionarios tratan de ocultar, por todos los medios a su alcance, la destrucción y la ruina moral y material que han sembrado con sus disparates, su ineptitud y su improvisación. Hoy tratan de acallar a la prensa ante la magnitud de sus destrozos y de sus robos. Tienen miedo de la justicia y de la historia. Y es que siempre fueron cobardes.