• Caracas (Venezuela)

Editorial

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Después del aplastante triunfo de la oposición en las elecciones parlamentarias, han abundado las voces que piden a los vencedores que se abstengan de declarar. No le echen más leña a la candela, claman cautelosos. En boca cerrada no entran moscas, sugieren cada vez más y más. ¿Se justifican esas prevenciones? Las llamadas de atención parten del hecho de no avisar los planes al régimen.

Hay que madrugarle a Maduro y a sus acólitos, quienes, si se les anuncia la guerra, sabrán prevenirse para actuar en consecuencia. Lo mejor es reservarles las sorpresas para enero, y así dejarlos sin oportunidad de reacciones pensadas de antemano. Pero, ¿tienen sentido esos consejos? El gobierno no necesita anuncios para saber lo que le espera. El gobierno no es tonto y ya debe conocer los puntos de trabajo que prepara la oposición cuando tome posesión de la Asamblea. No hay que descubrirle nada inoportuno, no solo porque tiene cómo averiguarlo sino porque durante la campaña electoral se decantaron los aspectos fundamentales de la próxima agenda legislativa.

De allí la necesidad de disipar el temor por la abundancia de declaraciones que vienen ofreciendo algunos de los líderes de la MUD. Debe existir otro motivo para la alarma.

Durante más de tres lustros, la sociedad se ha acostumbrado al imperio de una voz monocorde. Un solo sonido ha dominado en las alturas del poder, un ruido hegemónico se ha empinado sobre la realidad en términos exclusivos y excluyentes. Solo una voz ha controlado la comunicación de los asuntos públicos, una autocracia sobre la orientación de los mensajes políticos estableció un monopolio apabullante. ¿Qué puede significar esa tiranía diaria en la vida de los venezolanos? De tanto sonar e impedir otras bullas, ha creado un hábito cuyo desarraigo no es fácil, una costumbre de recepción de una única versión de la realidad y de un solo comunicador, capaz de generar reacciones de preocupación cuando comienzan otros heraldos y otros coros a entorpecer las inercias de la oreja nacional.

Eso es lo que sucede con las declaraciones como las que ahora aparecen en la prensa. Son sonidos insólitos para la mayoría de los venezolanos, bullas que parecían muertas y enterradas. De allí que puedan generar desasosiego, que puedan provocar la preocupación de quienes solo habían recibido el golpe de una sola cascada de vocablos que salían del micrófono oficial. El hecho de que no pueda ni deba predominar ahora la voz del hegemón, sino un abanico de ellas, provenientes del liderazgo nacido el 6-D, nos pone como destinatarios en una situación novedosa.

Pero esa situación es una de las señales del cambio, un adelanto de lo que puede suceder en el proceso de recuperación de la democracia. En consecuencia, bienvenidas las declaraciones de los líderes de la MUD, que hablen sobre lo que consideren conveniente, que poco a poco sentiremos sus palabras como un bálsamo. De momento nos preocupan, pero en breve nos felicitaremos por el solo hecho de escucharlas.