• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Sin Presidente

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Se esperaba del vicepresidente Maduro un proceder más prudente y comedido pero, por equivocada razón, escogió el camino del aislamiento y la negación del resto de los venezolanos para los cuales también gobierna porque es su deber. A lo mejor trata de no parecer débil y conciliador para que sus inquietos rivales en el partido no lo ataquen por ese flanco pero, a la larga, no le será de gran utilidad en el tiempo cortar los puentes con una parte significativa de la Venezuela que desea la paz y la tranquilidad por encima de todas las cosas.

Los venezolanos son muy pacientes, hasta infinitamente tolerantes, incluso demasiado, pero como sucede con las ollas de presión, les llega un momento en que no hay válvula de escape que soporte las fuerzas internas que buscan una salida.

Evitar ese estallido es una labor difícil pero inevitable si no se quiere que todo termine en una tragedia. Una mirada a la historia de este país nos dice mucho de cómo, luego de una larga y aparente calma, surgieron verdaderos huracanes sociales porque la sociedad se sintió engañada y estafada por sus gobernantes.

Maduro debe sopesar muy bien sus pasos y asumir que desde hoy las cargas y las culpas de este gobierno se sumarán a su gestión provisional aunque no hayan sido producto de sus actos directos de gobierno.

Es una herencia que hasta sus propios aliados del partido y amigos circunstanciales estarán encantados de colocar sobre sus hombros para descargar así sus comunes responsabilidades y aparecer luego limpios de polvo y paja.

Y aunque hoy parezca una insensatez, Maduro deberá manejar con mano flexible sus relaciones con la oposición si quiere sobrevivir a las trampas que, desde su partido, le irán colocando en los próximos meses.

De esa amplia capacidad de negociación política dependerá su supervivencia pues, de lo contrario, siempre estará colgando de lo que quieran y le exijan las fracciones internas del PSUV y sus aliados que, como es previsible, no cejaran en sus esfuerzos en sentirse poderosos al punto de torpedear la gestión del vicepresidente. Y serán implacables porque lo que se juega, según el olvidado Vladimir Lenin, es el dominio total del partido y del poder.

El acto de ayer para reafirmar la presencia inmaterial del presidente Chávez enfermo en La Habana e incomunicado por Cuba con los venezolanos que lo eligieron, fue si se quiere una provocación de los enemigos de Maduro.

En sí, la convocatoria de presidentes, primeros ministros y cancilleres fue una demostración de que, con astuta urgencia cubana, el vicepresidente de Venezuela necesita muletas internacionales que le permitan caminar en estos primeros tramos.

Pero salió mal la jugada y el Gobierno perdió prestigio nacional e internacional porque los actores convocados no convencieron a nadie: quedamos como vasallos. Lo cierto, lo real, lo tangible es que hoy amanecemos sin Presidente y con los ojos en La Habana.