• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Los estudiantes

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A las 8:35 de la mañana llegó al aeropuerto de Maiquetía el general Raúl Castro Ruz quien, en su condición de jefe máximo de Cuba (ahora Fidel es apenas un demente miliciano chavista), visitaba el país con el propósito de rendir tributo al comandante supremo, eterno y sideral. También acudió al Cuartel de La Montaña en Caracas donde depositó -recordando tal vez a José Martí ­ una rosa blanca sobre el féretro que guarda sus restos.

Cumplía así con su aparente misión oficial y, de seguidas, quedaba libre para abocarse a lo que vino en realidad: supervisar el equipamiento y organización de una fuerza armada a la cual -por cortesía del homenajeado- considera no simples aliadas de las milicias cubanas, sino subordinada a éstas.

Mientras Castro desarrollaba su apretada agenda, los internautas hacían circular por el ciberespacio lo que consideraron una señal premonitoria de fatales consecuencias para el chavismo: la caída al piso, desde el mástil donde al parecer no llegó a ondear, de la bandera cubana, un suceso que además de arruinar el protocolo, se prestó al chiste, para unos; y, para otros, a la especulación.

A esta última corriente podemos adscribir la opinión de quienes sospechan que se trata una funesta advertencia que calza a la perfección con la mezcla de auto sacramental y función circense escenificada en el paseo Los Próceres.

Un espectáculo que debe haber costado millones para su producción y que, sin embargo, no ha podido aplacar los disturbios ocasionados por quienes sienten que la presencia de Raúl Castro es un provocación y que sus opiniones -como las de los presidentes Evo Morales, de Bolivia; Daniel Ortega, de Nicaragua y Dési Bouterse, de Surinam (sobre quien recaen acusaciones del gobierno de Holanda que lo vinculan, junto a su hijo, con el narcotráfico) o la del poco escrupuloso vicepresidente argentino Amado Boudu- mancillan la dignidad nacional.

La presencia de Castro, conspicuo representante del socialismo prehistórico, es la que más desagrada porque se trata de un hombre que tiene arte y parte en el régimen que, desde hace casi un mes, ha desencadenado una feroz represión contra la juventud e instaurado un férreo bloqueo informativo -reforzado con maratónicas cadenas como la de ayer- y, por eso, se presta a conjeturas sobre el carácter profético del desplome del estandarte antillano.

Castro simboliza la injerencia en cuestiones que sólo incumben a Venezuela; por eso dan risa las palabras de Maduro cuando dice: Voy a responder con fuerza y contundencia cualquier intento de cualquier gobierno de América de meterse en los asuntos internos de Venezuela, no acepto intervencionismo en Venezuela y pido el apoyo del pueblo.

No señor Maduro. El pueblo no habrá de apoyarlo, el pueblo se cansó de su incompetencia y de su dócil fidelidad a La Habana. El pueblo decente y
responsable está hasta la coronilla de las limosnas rojitas, que luego hay que pagar asistiendo a obligatorios certámenes como este desinflado desfile cívico militar con el que se iniciaron los 10 días de fiestas patronales dedicados al héroe de Sabaneta.

Al borde de un ataque de nervios, Maduro creyó comérsela al decir: ¡Fuera la OEA por ahora y para siempre!, para asegurar que nuestro camino es
Unasur, la Celac y la Alba, en cuyo países el chavismo prodiga con ligereza
los petrodólares.

Este luto rojo rojito solo recuerda a quien no solamente dividió de forma perversa a Venezuela en dos mitades irreconciliables, sino
que nos legó además una pesada deuda de odio, de la cual debemos deslastrarnos para poder ser la nación que merecemos, donde se viva en paz, se respire libertad y se disfrute del bienestar que genera el trabajo productivo. El pabellón cubano por el suelo así lo presagia