• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Portaaviones

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Cuando ya ha transcurrido casi un mes desde la realización de los comicios presidenciales, y a menos de dos meses para que se lleven a cabo los pautados para elegir a los gobernadores de estados, la agenda de la oposición pareciera seguir centrada en la escasa transparencia de un proceso signado por el parcializado árbitro electoral y el descomunal ventajismo oficialista, cuyo colofón, anunciado y proclamado con tanta seguridad y anticipación por parte del pretendiente a la eternización, ha suscitado dudas y suspicacias de tal calibre que han relegado a segundo plano la sampablera que en el seno del oficialismo ha desatado la escogencia de sus candidatos a mediar en la transición al estado comunal y que amenaza con atomizar al llamado polo patriótico.

El que, en al menos ocho estados, los rojos no hayan logrado alcanzar acuerdos sobre las candidatura, revela que la férrea autoridad del jefe ha comenzado a ser cuestionada por quienes temen que su eventual alejamiento –temporal o definitivo– de la Presidencia los deje con los crespos hechos. Pero no es esta la única lectura que propicia este espinoso asunto cuyas raíces están en la caprichosa dedocracia.

Hace algunos meses, Chávez pensó en Nicolás Maduro para enfrentar a Henrique Salas Feo en Carabobo; después se decantó por Francisco Ameliach, contra el deseo mayoritario de los militantes del PSUV que en acto público aclamaban al alcalde de Puerto Cabello, Rafael Lacava. Este cuartelario proceder se repetirá una y otra vez en diversas entidades en las cuales dispone e impone a voluntad a aspirantes de precario currículo y sin ningún vínculo con el territorio cuya administración se consigna como premio a su perruna lealtad. Viene a colación el caso de Henry Rangel Silva, ex ministro de Defensa, penúltimo de su promoción, que, como Sancho, es recompensado con su Barataria (ojalá no tenga que soportar tantas crueldades y malos tratos como los que agobiaron al escudero cervantino). Este comportamiento, censurado por el régimen como inherente a la cultura política del “pasado”, tiene consecuencias previsibles como lo es incentivar la disidencia; por eso, organizaciones agrupadas en el Polo Patriótico, que aportaron los casi dos millones de diferencia que aseguraron la reelección del caudillo de Sabaneta, se rebelan contra el sectarismo del partido de gobierno.

Chávez vuelve a ensayar el papel portaaviones que alguna vez llevó a gobernaciones, alcaldías y asamblea a un contingente político de escasas luces. De allí que por el mar rojo de la pretendida felicidad socialista no sólo navegue un tanto averiado el portaviones de la revolución, sino que también lo hagan sigilosos submarinos cuyas tripulaciones, alimentadas por informes de inteligencia y la rumorología tabernaria, creen llegado su momento: catorce años de obediencia ciega es mucho, pero… ¿veinte?; veinte son sencillamente insufribles, sobre todo, si como es de presumir, los gobernadores que se elegirán serán inmolados en el altar del estado comunal.