• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Persecución de tuiteros

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Con la aparición del Twitter se abrieron caminos insospechados para la libertad de expresión. La red que ahora permite que cualquiera se exprese en 140 caracteres sin necesidad de licencia previa, ni de recomendaciones ni de certificados de educación, ha abierto posibilidades jamás vistas en el caso de los ciudadanos comunes y corrientes. Aquellos que no pueden escribir artículos en las páginas de la prensa, ni hablar frente a un micrófono en la radio y en la televisión, ni subir a la tarima para dirigirse a una muchedumbre, por fin encontraron la manera de comunicar sus pensamientos o cualquier tipo de comentarios. El Twitter es ahora su periódico, su micrófono, su pantalla chica y su tarima.

Una revolución comunicacional en la medida en que permite el vuelo de quien desee imitar la libertad de los pájaros para compartir un universo en el cual las informaciones se mezclan con la diversión y aun con el capricho de cada cual para formar una urdimbre capaz de influir en la vida de quien se mete a tuitero y en la rutina de los demás. Ha sido de tal magnitud el cambio provocado por los tuiteros en todo el mundo, que sus lacónicos mensajes no solo son seguidos por las grandes cadenas de prensa y televisión, sino que también han llegado a provocar movilizaciones masivas en torno a problemas sociales y políticos.

Pero también se han convertido en la preocupación de los mandones. ¿Acaso no topan ellos ahora con las afirmaciones, las acusaciones y las solicitudes de quienes habían permanecido condenados a un silencio que parecía infinito, o a un arrinconamiento de difícil salida? Los tuiteros son ahora sus adversarios inesperados, por lo tanto, unos insólitos rivales que los atacan o los pueden atacar sin armas de fuego. De allí la necesidad de vigilarlos, de seguirles el paso y de cortarles las alas.

En el frenesí de sus manías persecutorias, el gobierno ha ordenado la prisión de siete tuiteros: Inés González, Víctor Ugas, Lessy Marcano, Ginette Hernández, María Contreras, Daniely Benítez y Abraham Muñoz. ¿Qué han hecho esos huéspedes de las cárceles bolivarianas? En repetidas ocasiones han escrito 140 severos y festivos caracteres, mediante los cuales han manifestado su rechazo al oficialismo y, en algunos casos, han clamado por un cambio de gobierno. No han llamado a la guerra. Han opinado con el énfasis que han querido dar a sus fraseos y usando el derecho de opinar y de expresarse con libertad consagrado en la Constitución.

Pero están presos. El interés del gobierno es evidente: frenar al resto de los tuiteros, antes de que se vuelvan demasiado levantiscos; obligarlos a la moderación, ofrecerles un espejo de probables reprimendas en cuyo registro puedan pronosticar sus respectivos encierros, si no moderan la forma de volar. El enemigo del régimen es la libertad de expresión, mucho más temible desde la invención del Twitter. Para los rojos rojitos, los pajarillos del Twitter son más peligrosos y menos fantasiosos que un tucano artillado.