• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Perón, Evita y Cristina

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Cristina Kirchner ganó la Presidencia por primera vez en octubre de 2007, tras la campaña electoral que desarrolló durante el mandato de su marido. En diciembre de 2011 asumió un segundo período luego de triunfar con cierta holgura en la primera vuelta. Animada por ese resultado y el gusto por su ejercicio cada vez más centralizado y personal del poder, comenzó a ventilar enseguida la posibilidad de una reforma constitucional que le permitiese una nueva reelección, o tantas como le fuera posible.

Al fin y al cabo, habrá pensado, ya están a la vista de los suyos y del mundo otros casos de países vecinos en los que, a través de procesos constituyentes no muy ejemplares, como los de Venezuela, Bolivia y Ecuador, o de reformas constitucionales, forzadas y de facto, como la venezolana y la nicaragüense, se podían multiplicar los años en el poder. Además, con la invocación de la memoria de Néstor Kirchner y Evita Perón ha procurado un halo de trascendencia y casi sacrificio personal a sus aspiraciones. “Primero la Patria, después el Movimiento, y luego los Hombres”: así rezaba unas de las “Veinte verdades del Justicialismo Peronista” dictadas por Juan Domingo Perón hace más de medio siglo. Pero las fórmulas retóricas del populismo tienden a invertirse.

Si en abreviado recorrido miramos la historia argentina desde la segunda mitad del siglo pasado, no nos será difícil constatar que los ciclos del justicialismo peronista, en todas sus variantes, han terminando alentando la polarización social, la victimización nacionalista, el abuso de los recursos públicos, la corrupción, la vulnerabilidad económica, la erosión del equilibrio de poderes, el irrespeto a la legalidad, la opacidad en los vínculos internacionales y, ante todo eso, la descalificación cuando no la asfixia de la crítica y la denuncia.

Ahora, ante la propuesta de reforma constitucional reeleccionista de un gobierno cada vez más visiblemente ineficiente y abusivo, se han producido enérgicas reacciones de rechazo en la sociedad política y civil de Argentina. Más de un centenar de congresistas opositores, actualmente mayoría en el Poder Legislativo, suscribieron el compromiso público de no apoyar la reforma. El jueves pasado el rechazo se expresó en sonoras y concurridas movilizaciones de protesta, en ciudades argentinas y en otras varias del mundo; fue la segunda jornada en poco más de un mes y quizá enfríe de nuevo los ánimos continuistas. Por un rato.

“Ante el autoritarismo creciente –editorializó el 8 de noviembre el diario La Nación– la ausencia de una reacción contundente suele generar la duda de si se trata de prudencia o cobardía”. Faltó quizá anotar allí el pragmatismo y, sobre todo, que esa reacción contundente pasa por la superación de la fragmentación de la dirigencia política opositora sobre la cual no cesarán la presión ni las tentaciones gubernamentales para quitarle la mayoría legislativa en las elecciones del año próximo, o antes.

En este vecindario el continuismo reeleccionista tiene muchos espejos donde mirarse.