• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Pereza roja

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Hay la tendencia a creer que por ocupar la jefatura de gobierno, un politicastro afortunado y de mediocre envergadura, como el que evitaremos mencionar aquí –porque, entre otras cosas, ya está adquiriendo fama de pavoso– es un hombre de Estado; nada más alejado de la verdad: “El político”, decía Churchill, “se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”. Aquí, el populismo escarlata y patriotero que, por una carambola histórica, se hizo del poder tiene un único proyecto: perpetuar su mandato. De allí que, sin importar cuán lejos estén los comicios, permanezca de continuo en campaña electoral. Para ello, a falta de ideas, usó a discreción los recursos obtenidos por la exportación de hidrocarburos. Cuando los precios se derrumbaron, apeló a embelecos de ilusionistas para que el ciudadano viera lo que el jefecillo y sus conmilitones querían que creyera era la realidad.

Que el ocio es una eficaz herramienta para impulsar el ahorro energético es la última de esas engañifas; una burda artimaña basada en las convicciones de quien maneja el país como si de un metrobús se tratase. Persuadido de que el venezolano es flojo y lo que quiere es manguarear, se inventó una “octavita” de Semana Santa para que vague sin nada mejor que hacer que dedicarse a la contemplación, pues carece de cobres a fin de convertir el largo puente de 5 días –en cuya mitad estamos precisamente hoy– en oportunidad para la diversión. El dolce far niente es costoso y la situación no está para semejantes lujos; sin embargo, la administración pública ha reducido sus jornadas laborales al mínimo tolerable y amenaza con estrecharla aún más si no hay un cambio en las condiciones atmosféricas. Ahora, vivimos como los hombres de las cavernas, a merced de los fenómenos ambientales. Para nada ha servido la tecnología y tampoco aquello de que “si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca” ¡Vaya bolivarianos!

¿De dónde sacó tan disparatadas ideas el jefe de la cuadrilla roja? Barruntamos que de su época de crónico reposero cuando oficiaba de gestor sindical en el Metro de Caracas. Acostumbrado a cobrar sin mover un dedo, y juzgando a sus conciudadanos a partir de su propia condición, estimó que podría ganar puntos facilitándoles que se las echaran al hombro. O tal vez, marxista de la tendencia rochelera, haya tenido noticias de la refutación que del derecho al trabajo hiciera Paul Lafargue, agitador franco cubano que casó con una hija de Carlos Marx y que, por sus orígenes antillanos, probablemente haya tenido un ancestral pastenco con aquel “Negrito del Batey” que cantaba: “El trabajar yo se lo dejo todo al buey, porque el trabajo para mí es un enemigo”.

La irracionalidad implícita en las desconcertantes respuestas a la crisis por parte de una administración que no pone queso en las tostadas es argumento más que suficiente para poner término, con carácter de urgencia, a la gestión del más alto funcionario de la República, quien ha logrado lo inconcebible: gobernar peor que su antecesor.