• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Paz tramposa

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Gente de todos los sectores se pregunta por qué el gobierno propone una cadavérica comisión para la paz (y decimos cadavérica porque todos los días las fuerzas militares agregan más muertes a la lista oficial) y nadie parece hacerle caso al señor Maduro. Ni en su partido, ni en el seno de sus aliados ni mucho menos en la clase media o en los sectores populares. El fracaso es tan estruendoso que cada vez que sale uno de los voceros del oficialismo con la misma cantaleta pues no logra que le pare ni el chichero de la esquina.

La razón es la actitud truculenta con la cual actúa el gobierno y su principal cara parlante que, de cadena en cadena, se le va difuminando día a día el aprecio que antaño le tenían en los barrios y pueblos del interior, según dicen algunos de sus fanáticos.

Lo cierto es que ya ni eso, porque como debe hablar todos los días sin repetirse (algo imposible tratándose del mozo en cuestión), pues se le ven demasiado las costuras y cuesta comprarle los paquetes de anuncios y promesas, ni siquiera ayudado con la tarjeta de racionamiento electrónica ideada, fabricada y controlada por los técnicos cubanos, según dicen por allí fuentes no confirmadas.

Con la fulana comisión de paz rojo rojita pasa lo mismo que con la credibilidad del señor Maduro, que por lo desteñida no se le ve el color pero sí la intención. Cuando la anunció por primera vez el país sintió que se podía conversar civilizadamente y bajar el tono violento que desde la Asamblea Nacional imponía el Capitán. Directivos empresariales y algunos diputados acudieron a la cita y expusieron claramente, sin temores ni concesiones, cuáles eran sus aspiraciones concretas.

El acto trasmitido en directo tuvo un efecto totalmente adverso para el señor Maduro y el gobierno pues, para su tormento, la manera como él había pintado ante sus correligionarios a los dueños y gerentes de grandes empresas resultó falsa y mentirosa. Los empresarios no sólo tenían muy claro el panorama del país, lo profundo de la crisis económica y el atolladero en que estaba el gobierno debido a la ineptitud e improvisación, sino que también se mostraron ante la audiencia nacional como venezolanos íntegros, dedicados a su trabajo y preocupados por los problemas sociales que aquejan a la población, con especial énfasis en la escasez de productos de la cesta básica.

Al señor Maduro no le gustó para nada que la gente viera que los empresarios exhibieran un discurso coherente, nada amenazante y mucho menos retrógrado.

Lo que Maduro esperaba, que no era otra cosa que ganar tiempo para enderezar sus entuertos, se le vino abajo porque el impacto en los medios de comunicación le fue francamente desfavorable y salió con las tablas en la cabeza.

Pero como bien reza el dicho popular ³árbol que nace torcido nunca su rama endereza², el señor Maduro hizo de tripas corazón y mandó de gira al canciller Jaua para que montara el show con Dilma en Brasil y con Cristina en Buenos Aires, con Evo en Bolivia y Correa en Ecuador. En sus manos Jaua llevaba la gran proposición de paz que había colocado sobre la mesa el señor Maduro.

Desde luego que esa era la carta que tenía en la manga cuando quiso arropar en Miraflores a los empresarios y le salió el tiro por la culata, pero con igual truculencia hizo parecer que el resto de los representantes de la sociedad se negaban al diálogo de paz.

¿Cuál paz? se pregunta la gente, porque lo único que ve y constata es una militarización creciente no sólo en las calles del país, que son pasto de una represión brutal y sangrienta, sino también en la burocracia. Con esta falsa paz lo que Maduro busca es un respiro para luego seguir apretándonos por el cuello. Quiere aire para él y ahogo para nosotros.