• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Paz sin optimismo

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La frase del presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, al calificar el “alto el fuego bilateral y definitivo” con las FARC como el fin de esa guerrilla como grupo armado, luce como una gran esperanza muy difícil de sostener en el tiempo. Para quienes conocemos a esa hermana república y hemos vivido allí, el hecho de alcanzar un acuerdo con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia es desde luego motivo de alegría. Ya basta de tanta violencia y de tantas muertes porque es más que suficiente el tiempo recorrido en medio de las balas, los atentados, los secuestros y el narcotráfico.

Pero avanzar hacia la paz luego de tantos traumatismos sociales y militares no será una tarea fácil porque la violencia no desaparece de la noche a la mañana y menos entre quienes han vivido de ella y querrán seguir medrando a su sombra.

De más está decir que ya las FARC no significaban para el espectro político colombiano y para el resto de América Latina un movimiento guiado por una línea ideológica radical, ni en lo social ni en lo militar. Al contrario, vagaban en solitario como dinosaurios en proceso de extinción, al punto de que su estado actual es el de un enfermo en terapia intensiva, a la espera de lo peor.

Que mantuvieran hombres en armas, con redes de apoyo en las ciudades y en los campos, era parte de su experiencia histórica de sobrevivencia, mas no de fortaleza y capacidad de pasar a la ofensiva y rescatar el terreno perdido ante las fuerzas militares. Con sus principales cabecillas bajo tierra en la selva o encerrados en Estados Unidos a perpetuidad, era cuestión de tiempo que se sentaran a negociar para ponerse a salvo.

Nunca lograron el poder que querían, jamás conquistaron el favor de las masas populares o de las clases medias, tampoco llegaron a ser considerados, como otras guerrillas en el mundo, un ejemplo de organización y un modelo diferente y triunfante ante el enemigo capitalista e imperial. Si algo la distinguía era su larga permanencia en armas y siempre se les etiquetaba como la guerrilla más vieja de América Latina, que no del mundo. Sin embargo, nadie la va a recordar por su líder más conocido, Marulanda, quien no era precisamente un ideólogo ni un estratega de alto vuelo, apenas un campesino que creció como jefe por su valor y su arrojo.

Los demás líderes lo respetaban por su presencia histórica pero jamás porque tuviera la talla heroica de un Ho Chi Minh, o de un Che Guevara. Quienes lo rodearon le dieron modernidad a las FARC, en lo militar y en lo económico, que son cuestiones primordiales para que una guerrilla sobreviva y se establezca sólidamente. Pero en ese pragmático camino dejaron también principios y valores que son inherentes a un movimiento que pretende transformar para bien a una sociedad en su conjunto.

Su unión con el narcotráfico le permitió aprovisionarse con armas modernas que llegaban rápidamente a sus manos y no como producto de los combates con los militares. Pero el narcotráfico los obligó a pactar la paz cuando los carteles mexicanos le fueron arrebatando el negocio y los dejaron sin dinero ni destino.